martes, 9 de junio de 2009

Capítulo 3 parte 2

Seguimos con la segunda parte... para q vayamos yendo por parte. Gacias por leerme!!!

parte 2

- Ay, perdoná, me equivoqué. – se disculpó ella, con soltura. – En fin, las noticias… la buena es que vas a encontrar a tu hijo perdido. La mala es que se te acaba el tiempo para decir la verdad. – Nojucon se puso colorado y sus ojos se humedecieron.
- Mora… Mora… no hables más. No quiero saber. Sé que tus intenciones son buenas pero… yo decidiré cuándo será el momento de decir la verdad… no todos estamos listos al mismo tiempo.
- Es verdad, perdón. No era mi intención delatarte. – pero, entonces, Mora notó que Rekemel tenía la vista puesta en Nojucon como sorprendido de saber que su primer héroe tenía algún secreto oscuro. – Ay, niño, no lo mirés así. Todos tenemos secretos en la vida y todos van a salir a la luz algún día. – al oír esto, tanto Ingrid (que acababa de entrar en el comedor con el bebé en un brazo) como Rekemel se pusieron color escarlata y empezaron a decir cosas distintas para cambiar de tema.

En la tarde, Rekemel decidió ir a ver cómo estaba Lolita. Se sentía culpable porque la niña no se quería ir y él la había llevado sin darle ninguna explicación. Había tenido que hechizarla para que no hiciera ningún ruido pero le había prometido visitarla todos los días.
Al entrar al hall del orfanato, una niña corrió hacia él y le sonrió como si lo conociera de toda la vida. Rekemel, enternecido, se arrodilló y le devolvió el saludo con un beso en la frente pero, al tocarle la piel, una ola de calor le invadió la cara y sintió un inexplicable mareo. Se puso de pie y, la encargada de cuidar a los niños le preguntó si se sentía bien.
- Sí, claro, vengo a ver a la nena que le dejé ayer. – respondió el muchacho, rogando que su rostro volviera a su color habitual.
- No va a ser posible. Está tan encaprichada que no se puede ni hablar con ella. Y, por lo que vi ayer, no creo que quiera verte.
- Llámela y veremos. Probablemente ya se tranquilizó. – Pidió Rekemel en tono de súplica. De repente, Lolita apareció en la sala y, cual si fuera una mujer despechada, se acercó a él y le dijo:
- No te quiero más. Nunca te voy a perdonar que me hayas dejado acá. – y le dio una bofetada. Rekemel vio en sus ojos un destello de odio poco común en una niña tan pequeña. – Nunca te voy a querer, nunca. – y se fue. Los ojos del chico (con apariencia de niño) se llenaron de lágrimas y éste agradeció a la mujer por atenderlo, con voz entrecortada. La niña que lo saludó corrió hacia él, lo tomó de la mano y le preguntó qué le pasaba con la dulzura que Rekemel hubiese deseado ver en Lolita.
- Nada, hermosa, nada. – Respondió el chico y se le escaparon gruesas lágrimas. La pequeña se acercó a él para darle un abrazo y, cuando éste se agachó para recibirlo, ella le besó una de sus lágrimas. Rekemel sonrió y se despidió de ella sin comprender por qué estaba excesivamente feliz si había sido rechazado por un miembro de su extraña familia donde no había lazos de sangre.
Una vez de vuelta en su casa, todos se sorprendieron de verlo radiante de felicidad. Estaba completamente transformado. Sus ojos brillaban y estaba de tan buen humor que Ingrid aprovechó para pedirle que mirara qué vestido le quedaba mejor para ir a cenar con Nojucon (lo cual era una cosa que acababa siempre con la paciencia de cualquiera de las amigas de ella). Sin embargo, nadie recibió una respuesta clara cuando preguntó a Rekemel el motivo de su alegría ya que ni él lo conocía.

Año 1945

Pasaron cuatro años y Rekemel sólo sabía una cosa acerca de aquellos momentos de alegría inexplicable dentro del orfanato: la causante era esta pequeña niña llamada Thelma (que tenía la edad de Lolita, siete años ahora) que lo había recibido con inexplicable cariño el día que el chico había visitado el orfanato para ver a Lolita. Ahora él sólo quería estar con Thelma y ya no le importaba Lolita (que todavía lo rechazaba y que seguía siendo insoportable).
- Vos sos como Peter Pan. – le decía Thelma, en tono alegre. – Siempre sos chiquito, en dos años vamos a tener los mismos años.
- Es que así es la única forma de estar con vos sin que me digan nada. – explicó Rekemel, sonriendo.
- Me gusta estar con vos. Sos re bueno y re bonito. ¿Yo soy linda? – Rekemel se quedó mudo mientras miraba la graciosa imagen de Thelma: pelo negro, largo y prolijamente rizado; carita blanca y redonda, ojos grandes y negros; labios gruesos idénticos a los de las muñecas y mejillas rojas. Llevaba siempre vestidos elegantes que resaltaban su apariencia angelical y definitivamente no parecía ni podía ser una huérfana.
- Es hija de doña Elena. Viene todos los días a jugar. – explicaba la cocinera, una muchacha de naturaleza chismosa que se hablaba con todo aquel que entrara al orfanato. – Esa mujer sí que tiene plata, es casi una reina. – ¿Pero qué podía importarle a Rekemel el dinero si tenía ya todo lo que quería? Él pensaba esperar a que Thelma creciera para casarse con ella y mantenerla él mismo. ¿Para qué podía necesitar el dinero de esa familia?
Un día, Rekemel la llevó a su casa (a la que la familia había bautizado como “La Guarida” por el hecho de ser una familia fuera de la ley que se refugiaba allí para poder mantenerse unida) y todos se quedaron pasmados al verla (incluso Malina, que ya tenía cuatro años, dejó caer una muñeca que llevaba en brazos). Nojucon se acercó a Thelma y la examinó detenidamente como si la conociera desde hacía mucho tiempo. Al sentirse demasiado observada, Thelma enrojeció y rompió a llorar por lo que su compañero la abrazó y se puso a consolarla. Ahora Rekemel podía tocar a la pequeña sin sentir aquel mareo y calor sofocante de la primera vez. La explicación vaga que Nojucon había dado era que Thelma había separado a aquel espíritu maligno que residía en el cuerpo de Rekemel (que se hacía llamar Toltucam).

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