Bueno, tal como prometí, así sea un poco incómodo de leer también, aquí va el capítulo 3 de la historia con el toque romántico que esperaban los lectores románticos. Éste está inspirado en mi novio aunque no sé bien por qué.
Capítulo 3
Thelma
Al día siguiente, Nojucon se despertó de un sueño inquieto. “Lolita, Lolita, Lolita” se oía que gritaba alguien. Cuando estuvo completamente consciente se dio cuenta de que se trataba sólo del llanto de su hijita bebé. Sin embargo, él saltó de la cama porque tenía un mal presentimiento. Corrió hacia el cuarto de Lolita y vio que allí efectivamente faltaba ella. Ingrid se despertó, alarmada al oír a Nojucon moverse con tanto nerviosismo y descubrir que su hija adoptiva no se encontraba en la casa. Alterada, la mujer buscó en el armario (el típico escondite de un niño cuando había hecho algo malo) y descubrió que allí no sólo no se encontraba la pequeña sino que tampoco su ropa ni sus juguetes. ¡Alguien se había deshecho de ella! Y, lo peor de todo, era que todos sabían de quién se trataba.
El chico responsable del secuestro no apareció en la casa hasta las diez de la mañana. Estaba todo ojeroso y tenía los ojos hinchados. Al verlo, Nojucon se arrojó sobre él y lo golpeó contra la pared.
- ¡¿Qué le hiciste a la nena?! ¡¿Dónde está?! – le gritó, con la voz entrecortada.
- ¡No le hice nada, te lo juro! – gritó su amigo, con voz débil porque apenas podía respirar.
- ¡¿Dónde está?!
- En un lugar donde nadie la va a lastimar. Está viva y está sana, te lo juro. – aseguró Rekemel, tratando de no llorar. Nojucon se lo había prohibido.
Entonces, alguien golpeó la puerta y la mujer de la casa abrió. En el umbral se paró una mujer de pelo rojo cobrizo y largo hasta la cintura, ojos color miel, cara regordeta, labios carnosos y pechos inmensos. Llevaba un vestido de color rojo oscuro y ajustado que resaltaba su hermosa pero extravagante figura. Ingrid, al toparse con esta mujer desconocida, la miró con recelo. Nojucon soltó a su amigo y corrió a abrazar a este huésped con tanto entusiasmo que Ingrid se puso celosa y empezó a pensar en una excusa para salir de la sala sin parecer maleducada.
- Ingrid, te presento a Mora, – le dijo su marido, riendo ante la mirada de rabia que le dirigía Ingrid a esa tal Mora. – mi hermana de sangre. – Ingrid se ruborizó ligeramente y saludó a su cuñada sin hacer ningún comentario.
- ¿Y qué te trae por acá, hermana? ¿Buenas o malas noticias? ¿Y qué hiciste con tu cuerpo? Parecés una “femme fatale”. – exclamó Nojucon, admirado y entusiasmado de ver a su hermana.
- Buenas y malas noticias. – contestó la mujer, alegremente. – Estoy así porque acabo de salir de una fiesta de gente rara. Tenía que infiltrarme porque Pancho Ruiz me había dicho que allí se encontraba mi hijo.
Nojucon suspiró fingiendo enojo por la actitud de su sobrino. Pancho Ruiz era un muchacho que había desarrollado al máximo el don de la adivinación por medio de las cartas y era famoso porque sus predicciones, además de ser certeras, eran casi siempre claras. Pocas veces había lecturas ambiguas por lo que la gente no dejaba de acudir a él ante cualquier duda acerca de su futuro. Nojucon varias veces había ido a verlo pero nadie de su familia sabía ni cuándo ni qué preguntaba.
- Pero ésas no son las noticias. – murmuró Mora, poniéndose seria.
- Vení, sentate, vamos a tomar algo. – la invitó Ingrid, intentando redimirse por su actitud inicial. Hizo aparecer sobre la mesa del comedor un mantel, un equipo de mate y un plato con distintos tipos de pasteles. Todos los que estaban en la casa se sentaron a la mesa menos Ingrid, quien se puso a preparar el biberón para cesar el insistente llanto de su hijita (que seguía en la cuna del cuarto de la pareja).
- ¿Y por cuánto tiempo te quedás, Mora? – inquirió su hermano, alegremente mientras preparaba un mate amargo.
- No, dulce, hermano. – lo reprendió ella suavemente. – Ya estoy harta de lo amargo. Ese clima de hospital me traumó para toda la vida. Nunca más pienso pisar un lugar así. – Nojucon recordaba la primera vez que había conocido a su hermana. Ella era sólo unos años mayor que él y estaba vestida de enfermera (entonces, él tenía ya quince años y ella, dieciocho). Había pasado toda su niñez a la orden de los doctores del hospital porque ella era demasiado obediente y eso resultaba un peligro si se la dejaba libre (tanto para la muchacha como para el hospital y sus investigaciones). – No sé, pensaba quedarme hasta mañana si no tienen problema en hospedarme.
- No, para nada, tenemos “justo” una cama libre. – Nojucon acentuó esta frase mientras le dirigía a Rekemel una mirada asesina. Al comprender, Rekemel se sonrojó y se quedó mirando su trozo de pastel de chocolate con un poco de repugnancia ya que tenía un nudo en la garganta.
- No maltrates al pobre Rinnie, él no tiene la culpa de que tu hija haya desaparecido. No puede haberla llevado donde estuviese en peligro, él tuvo siempre un fuerte sentimiento de responsabilidad hacia ella. – lo defendió Mora. Todos la miraron completamente pasmados. Nojucon no comprendía cómo su hermana sabía la última noticia, Ingrid no se imaginaba a Rekemel haciéndose responsable de Lolita (porque se la había llevado de la casa y porque no la soportaba) y Rekemel no se esperaba que alguien le cambiase el nombre con tanta naturalidad.
- Mora… Mora… mi… amigo no se llama así… - la corrigió Nojucon, nervioso repentinamente – se llama Rekemel. ¿Entendés?
miércoles, 27 de mayo de 2009
Un cambio
Bueno, a pedido de dos buenos críticos, decidí fragmentar un poco más la historia para que sea más tolerable a la hora de leerla. Es que la estructura del blog complica la forma en que se lee esto. ¿Alguno sabe cómo se hace para poder ver los capítulos a la inversa? Porque es raro ver primero el segundo capítulo y luego el primero... al menos, para mí. En fin, ese es el gran cambio, ja ja ja
martes, 26 de mayo de 2009
Capítulo 2
Bueno, para mis seguidores, acá va el capítulo 2 verdadero. Espero tengan más comprensión hacia mi protagonista que la que tuvo mi novio, jajaja. Rekemel es la clase de personaje que valora más lo que siente que lo que piensa... por eso, a veces comete estupideces que no cometería alguien con la sangre fría necesaria para afrontar su situación.
El espíritu que susurraba al oído
De repente, la pared detrás de la cual se escondían Rekemel y Lolita se desintegró y ellos cayeron dentro del living. Nojucon les dirigió una sonrisa sarcástica y dijo, riendo:
- Sabía que estaban ahí. La casa no se desmorona sola. – Los niños se pusieron rojos como un pimiento. – ¡Vamos, váyanse a dormir si no quieren que me enoje más de lo que ya estoy! ¡Vamos! – los niños salieron corriendo hacia sus cuartos mientras Nojucon fingía echarlos de una patada.
- ¿Qué tenés en la muñeca? ¿Un tatuaje? – preguntó Ingrid, con curiosidad, tomando la muñeca de su esposo mientras lo obligaba a volver a sentarse con ella. Nojucon tenía un dibujo extraño que, de lejos parecía una mancha negra pero de cerca se notaba que era un payaso con una lágrima en la cara. Era diminuto, pocos realmente se daban cuenta de que lo tenía y, como el hombre tenía siempre camisas o túnicas con mangas largas, no era fácil de ver.
- Ah, ¿esto? Es un estigma. – contestó Nojucon, con tranquilidad. Toda su vida había esperado que alguien le preguntase por ese estigma porque resultaba ser la única justificación a su extrema sensibilidad. – Lo tengo desde los trece años. Fue parte del precio que pagué por recuperar la mitad de mi rostro.
- ¿Y qué hace? – Ingrid intentaba distraer a su amado de la preocupación que hacía unos minutos había revolucionado la casa.
- Hace que todo duela más. Cualquier dolor (espiritual o físico) suave se vuelve fuerte y cualquier dolor fuerte, insoportable. Por eso me ves llorar más de la cuenta.
- Vos lo que querés es hacerte el héroe.
- ¿Para qué? Ya soy un héroe. Soy un guerrero y muy poderoso. El único que se atrevió a enfrentar a Jeremías. – Jeremías era un demonio muy cruel y desagradable que había dedicado su vida a destruir a las personas por dentro y por fuera. Era despreciable porque sólo le interesaba el poder, no conocía más lágrimas que las de rabia, arruinaba la vida de los seldenes más poderosos para así aprovechar ese momento de debilidad y corromperlos. No era tan poderoso física como mentalmente. Pocos de sus secuaces se habían atrevido a contradecirlo y no habían tenido suerte pese a haber sido más poderosos que Jeremías. Este demonio jamás dejaba ir a ninguno de sus “socios” y los perseguía de por vida hasta tenerlos de vuelta: sus armas no eran la humillación y la súplica sino la extorsión, la mano dura de los demás socios y el poder que conseguía tener sobre la vida de aquel que pretendía tener en su equipo (incluso quienes habían logrado escapar de él en un momento de descuido).
Nojucon e Ingrid habían tenido la desgracia de haber sido pretendidos por este individuo y obligados a ser sus socios. Así se habían conocido y se habían enamorado pensando en la forma de acabar con este demonio. Nojucon había logrado matar a Jeremías de una vez y por eso ahora en la ciudad lo consideraban el guerrero más poderoso. Así, tanto él como su mujer empezaron a obrar de guerreros dispuestos a defender la gran ciudad de las amenazas. No eran los únicos héroes de la ciudad pero sí la última esperanza de la gente (además de la diosa Cirimel).
Sin embargo, la muerte de Jeremías terminó siendo poco al lado de la amenaza que residía en la ciudad en esos tiempos: Toltucam, un nuevo demonio parecido en muchas cosas a Jeremías, había terminado por ocupar su lugar. Tan cruel como él, tan despiadado, tan dedicado a arruinar vidas o simplemente a tomarlas, tan tenebroso y tan poderoso como él (o más) pero también más temido, era el terror de niños y adultos. Sus ojos eran dos ventanas al infierno, a la misma oscuridad que habitaba su corazón. Era casi invencible para todos excepto para la diosa Cirimel (quien lo burlaba con increíble facilidad) y para la Infalible Espada de la Justicia de Nojucon (así llamada porque nadie estaba seguro de si la espada se manejaba por sí sola o si era Nojucon quien tenía un dominio imposible de imitar) que le había dejado todas las cicatrices que desfiguraban el rostro de este demonio.
Pocos le habían visto la cara y casi nadie se había dado cuenta de que semejante demonio era apenas un muchacho de dieciocho años que, además, aparentaba mucho menos. Tenía varios secuaces pero ellos lo apoyaban por su propia voluntad y, si se cambiaban de bando o se aburrían de hacer el mal, Toltucam se olvidaba de ellos a menos que lo enfrentasen (entonces, les daba muerte). Tres personas estaban bajo su custodia pero nadie había tratado con ellos. Para todo el mundo, el rostro de estas dos personas era una imagen tan difusa que, de haberlas visto por la calle, jamás las hubieran reconocido.
Entonces, Ingrid vio unas cortinas negras en la pared de enfrente del sofá y se aproximó a ellas para descubrirlas y ver qué había detrás. Ella sabía que allí no había una ventana porque la casa era subterránea (después de que Nojucon la había abandonado muchos años atrás, ésta se había hundido y la única entrada que había estaba en el piso superior de la enorme casa).
- ¿Y esto? – preguntó ella, mirando a su marido, pasmada.
- Juro que no sabía que estaba ahí… acaba de aparecer… atrás había otro cuadro… - explicó él, horrorizado.
Rekemel llegó y vio el retrato de un ser con una capucha negra, las manos llenas de sangre y los ojos rojos como el fuego. Palideció y se dejó caer en el suelo, temblando de pánico. No le quitaba la mirada de encima pero sus ojos reflejaban horror y su cuerpo no le respondía. Dentro de su cabeza, alguien le decía “¡es ése, es ése! ¡Así era! ¡Dale vida! ¡Dale vida!” y Rekemel intentaba levantarse del suelo pero no podía porque los temblores le impedían moverse.
- ¿Podés esconder el cuadro? – le gritó Nojucon a su esposa, en tono de reproche mientras ayudaba a su amigo a levantarse del suelo. - ¿Cómo te sentís? ¿Te duele algo? ¿A quien le estabas hablando anoche?
- No sé… me hablaba en la cabeza y me mostraba cosas horribles… creo que es… ése de la pared… el del cuadro – contestó Rekemel, dejándose ayudar por su amigo y padre adoptivo. Nojucon lo llevó a la cama del chico con apariencia de niño y lo hizo acostarse. – ¡Me dijo “es ése, es ése, dale vida”! Él quiere volver… y yo no quiero… me hace hacer cosas… cosas de su vida que yo no entiendo…
- ¿Pero la gente cree que sos él? – inquirió el guerrero, sentándose en la cama y llenó una jarra con agua. – Contame todo.
- ¿No te vas a enojar? – la voz de Rekemel tembló.
- No, no empieces a llorar que ya sos grande. Parecés de siete años pero tenés muchos más años. Tranquilizate y contame lo que pasa… y no quiero ver ninguna lágrima.
- Bueno… empezó cuando te hablé mal sin querer. Te dije cosas que ni yo sabía y… no eran cosas que yo pensaba, yo te iba a pedir disculpas… pero cuando me fui a dormir, todo empeoró. Vivía soñando con un tipo con cara de cadáver que me decía cosas llenas de odio y yo no podía dejar de escucharlo porque estaba atado y encerrado en un cuarto todo blanco… y yo entendía todo lo que me decía y me daban ganas de morirme ahí mismo… - los labios del muchacho temblaban sin cesar y parecía a punto de echarse a llorar. Nojucon le pegó un suave puñetazo en la mejilla, lleno de bronca por ver a un chico deshacerse tan fácilmente. Rekemel pareció entender el gesto porque se llenó de ira y empezó a contar las cosas como quien es obligado a hablar contra su voluntad.
- Morirte… claro. Me parece muy extremo. Bueno, ¿y?
- Me desperté y la voz seguía ahí diciéndome que no valgo nada y que él me va a hacer valer algo. Me hizo ir a la casa de una chica que había sido su novia y decirle que la promesa seguía pendiente (no sé qué promesa). Ella tenía dos hijos y un marido muy malvado que le gritaba pero ella no lloraba sino que lo ignoraba.
- ¿Y él te confundió con aquel tipo?
- No, al toque se dio cuenta de que no era ése que me hablaba porque me dio un mensaje para él. No sé qué me dijo porque parece que la voz la escuchó aunque no dijo nada hasta que la dejamos de ver. Al principio la voz parecía ser mi amiga y decía que, ya que vivía en mí, tendría mi nombre pero que luego se haría llamar Toltucam. Después me defendió de un tipo que me quería matar y consiguió dejarlo sin ganas de molestarme de vuelta. Y después me empezó a amenazar y a decir cosas horribles de vos, de Ingrid, de Lolita… ¡Cómo la odia a Lolita!
- ¿Todo eso pasó hoy?
- Sí y hay más. Mientras más caso le hacía, más distante se oía la voz pero también más potente y autoritaria. Me decía que me iba a dejar solo si le daba vida aparte y poder para sostenerse.
- ¿Y lo vas a hacer?
- Sí, con tal de que me deje en paz… - Rekemel se veía entre convencido e irritado.
- ¿Tenés idea de quién es Toltucam?
- No, no tengo idea. Todos hablan y hablan de cómo vivió y cómo murió pero nunca lo había visto antes de ver el cuadro.
- ¡¿Y con todo lo que oíste no te bastó para saber quién era?! – El guerrero se puso de pie, de un salto y lo penetró con la mirada. - ¡Es un demonio! ¡No le podés dar poder e independencia! ¡Va a volver a hacer maldades! ¡Era un demonio! ¡Es un demonio! ¡Va a volver a matar!
- ¡¿Y qué querés que haga?! ¡No me deja dormir, no me deja ni pensar! Me habla, me habla, me habla, me amenaza y me dice cosas horribles de todo el mundo… y no se va nunca. ¡En algún momento va a hacer todo por mí y yo voy a ser el culpable! ¡Si le doy poder, al menos va a hacer todo por su cuenta! – Rekemel ahora hablaba por sí mismo y tenía las mejillas rojas porque sentía rabia y vergüenza de sí mismo a la vez.
- ¡Pero si depende de vos, vos deberías poder ponerle un límite! ¡Sí, separate de él pero no le des poder!
- ¡Ya es tarde! ¡Ya tiene poder sobre mí! ¡Actúa en mi lugar, usa mi magia y me la roba! ¡Lo dejaría si pudiera evitarlo pero no puedo!
- ¿Vos querés que vuelva a lastimar gente? ¿Te querés librar de él y darle poder o dejarlo sin nada?
- ¡No quiero lastimar a nadie ni quiero que él lo haga! ¡No quiero que tenga mi magia pero no puedo evitarlo y sí, me quiero librar de él a toda costa!
- Tal vez tengas algo de él. Algo como… ese anillo azul que ahora tenés en el dedo pulgar… ¿de dónde lo sacaste y dónde está el tuyo? ¿No sabés que es eso lo que te puede estar atando al demonio?
- No me lo puedo sacar, tengo los dedos hinchados todo el tiempo, es imposible. – Nojucon le dio otro puñetazo en la mejilla izquierda y le dejó un moretón.
- ¡Mentís! ¡Sacátelo!
- ¡No me lo puedo sacar! Si no tengo el mío, me voy a morir de a poco… ¡No sé quién tiene el mío, el que era de oro! ¡Cuando desperté, ya no lo tenía y encontré éste cerca de donde me encontraron! ¡Es lo único que tengo! – se atajaba el chico, poniéndose más rojo.
El anillo del que ellos hablaban era la única vestimenta que tenían los seldenes cuando no tenían apariencia humana. Sin él, ellos quedaban vulnerables y desprotegidos por lo que era más sencillo matarlos. Aun así, era imposible robarle el anillo a un seldén a menos que se le cortara su larga cola (que era donde lo tenían). La única forma de separarse del anillo era que el seldén se lo entregara voluntariamente a alguien en quien confiaban. Esta persona no se podía sacar el anillo a menos que el verdadero dueño lo consintiera con todo su ser.
- Sólo puede tenerlo alguien a quien se lo diste voluntariamente. Buscalo y pedíselo. Podría estar en cualquier parte pero, mientras tengas eso, vas a estar vinculado al demonio, ¿entendés?
- ¡Basta, no me grités más! ¡No te quiero escuchar! – Rekemel saltó de la cama y salió corriendo del cuarto.
Nojucon intentó seguirlo pero una figura le bloqueó la puerta. Frente a sus ojos apareció la misma Cirimel con su vestido plateado casi blanco e incandescente y su cabello negro como la noche. Su mirada dulce pero triste conmovió a Nojucon pero su presencia imponente lo obligó a mantener distancia física. La diosa parecía tener el mismo sentimiento porque no se aproximó a él. Después de todo, el mismo Nojucon le había designado la misión de cuidar al mundo de Toltucam y para eso le había dado el poder de los rayos de luna. Sin embargo, Nojucon no esperaba encontrarla convertida en la mismísima Diosa de la Luna y Cirimel no sentía la confianza suficiente como para tratarlo como si fuese uno de sus adoradores. Ni siquiera se atrevía a tocarlo.
- Qué bella estás. Y tu juventud acentúa tu casi divinidad. – le dijo Nojucon, admirado. Para su sorpresa, Cirimel se ruborizó y eso le recordó al guerrero que ella no era una verdadera divinidad sino que antes de ser diosa había sido una chica de su especie común y corriente.
- Acordate de que no soy una diosa y no soy digna de alabanza. Sólo hago lo que me encomendaste. Proteger a la gente inocente del demonio.
- Es verdad pero no imaginaba que tu poder te hiciese florecer de esta manera. Ah, Diosa de la Luna, cómo cuesta mirarte a los ojos y no ver en vos a aquélla que me rompió el corazón en su tan temprana infancia. – Efectivamente, Nojucon no miraba a los ojos a la diosa sino que admiraba su vestido, su cabello y sus manos. – Es por eso que prefiero no mirarte…
Rekemel ahora se hallaba en el cuarto de la bebé de la familia. Era tan fuerte y hermosa. Tenía ojos del color del mar y mejillas rojas como manzanas. Reía mucho más de lo que lloraba y siempre miraba atentamente lo que se hallaba a su alrededor. Rekemel siempre recibía una sonrisa alegre de la pequeña y era por eso que, cuando estaba triste, siempre la iba a ver y dejaba que le alegrara la vida con su contagiosa risa. Malina, la niña, parecía tener idea perfecta de que estaba siendo observada y por eso le gustaba hacer payasadas. En nada se parecía al triste Elihov (si es que era cierto que, como decía Ingrid, era hijo de Nojucon).
Entonces, Nojucon entró al cuarto pero ahora se veía más calmado y parecía dominado por la culpa. Rekemel lo miró por unos segundos y luego se quedó mirando el suelo.
- Perdoname por tratarte así. Te prometo que voy a buscar tu anillo para que puedas separarte de Toltucam. Vos, mientras, cuidate y cuidá a los demás de él. No dejes que lastime a nadie ni que te lastime a vos.
Lolita entró en el cuarto llorando porque se le había caído una muñeca de porcelana y se había hecho pedazos y Rekemel, al verla, fingió interés por ella y fue a poner orden. ¡Qué niña tan revoltosa! Si Toltucam había pensado en deshacerse de ella, razones no le faltaban. Pero Rekemel no dejaría que nadie lastimara a una pequeña inocente (no tan culpable como para merecer la muerte, al menos).
En la noche, Nojucon escuchó a Rekemel llorar desconsolado y horrorizado. “No, no, no quiero ir” y otra voz le respondía “¡Andá! Yo te voy a llevar, te voy a mostrar lo que fui”, y también “No me interesa lo que fuiste, no quiero participar ni te voy a ayudar”
Una imagen se dibujó en el espejo, la misma imagen que Rekemel había visto en el retrato pero ahora se movía y tenía más vida.
- No seas tonto, no te vas a escapar de mí fácilmente. Yo puedo hacer lo que quiera con tu vida. Puedo lastimar a todos los que vos amás y te aseguro que, mientras más me escuchás, defectito, más poder tengo sobre vos. ¿No me ves en el espejo? ¿No me ves detrás de vos? – el chico se dio vuelta y vio detrás de él a quien proyectaba su imagen en el espejo. – No necesito tu consentimiento para hacer lo que me dé la gana. Y ahora andá o algo muy malo le va a pasar a Lolita.
El chico desapareció y vio miles de lugares donde reinaba la oscuridad, el horror, el olor a muerte, las ratas, la sangre, la podredumbre y los gritos de dolor que perforaban los oídos. Distintos lugares de la ciudad que Rekemel creía conocer a la perfección se habían convertido en un nuevo mundo de ultratumba donde la misma gente humilde de vestiduras andrajosas parecía haberse convertido en muertos vivientes. Rekemel sentía que estaba dentro de una verdadera pesadilla. Intentó escapar y regresar a su casa pero, por mucho que caminaba, jamás salía de ese horrible barrio. No podía contener los sollozos de horror y lo peor era que las brujas y magos lo gozaban:
- Hace tanto que por acá no aparecía un bebé con olor a perfume. – decía una horrible bruja llena de verrugas y con los dientes ennegrecidos, en tono burlón. – ¿Cuántos años tenés, bebé?
- Diecinueve, me dijeron – sollozó el chico, que tenía la apariencia de un niño de siete años. Al oírlo, todos los que lo rodeaban por ser diferente a lo que se había visto en ese barrio se rieron a carcajadas maliciosas. Hasta un niño que pasaba por ahí se atrevió a empujarlo y otro, que tenía un huevo podrido en la mano, se lo reventó en el pecho y éste se convirtió en sangre.
- ¿Y quién te trajo a nuestro lugar secreto? – preguntó una chica joven pero despeinada y toda sucia. Usaba una pollera muy corta pero tenía las piernas velludas. – ¿Bomboncito? Sos muy… lloroncito. Acá solo vienen los chicos malos.
- ¡¿Qué nos has traído acá, Toltucam?! ¡¿Por qué traés a este bebé llorón?! ¡Creí que nos ibas a traer a tu redención! – gritó un viejo barbudo que llevaba un horrendo y maloliente abrigo de piel de rata.
- ¡Ésta es mi redención! – explicó la voz que había guiado a Rekemel hasta ese lugar. Ésta se escuchaba distante ahora y no era ya la suya. Detrás de Rekemel se sentía un frío escalofriante y el chico supo que ese Toltucam ya se había separado de él. – Así como lo ven, es perfecto para tomar de él lo que necesito. Esas lagrimitas son engañosas. Este niño es muy poderoso y yo sólo necesito su poder y su capacidad para mantenerme vivo.
- ¿”Esto” te va a mantener vivo a vos? – se burló la chica, con una sonrisa desagradable.
- Ríanse todo lo que quieran. – replicó Toltucam, con tranquilidad. – Ya verán que él es todo lo que necesito. No es un comodín pero es un as. Parece el más pequeño pero es el más grande. Pero antes, necesito separarlo de todo lo que lo hace vulnerable, todo lo que lo hace blando.
- Ya me parecía que así nomás no te servía. – Dijo el viejo tomando un mechón del cabello de Rekemel y rizándolo con sus sucios dedos.
- Mirá si no es un bombón. – comentaba la chica acariciando el rostro del chico con cruel dulzura – blanquito, con ojos negros, pelo finito y ondulado, carita colorada… y la ropa casi impecable. Esas lagrimitas inocentes no conocen todavía lo que es la rabia y el odio, son tan inocentes. ¿No te da lástima arruinarlo?
- Para nada. Su ternura me desagrada demasiado. Lo quiero duro y fuerte, lo quiero negro por dentro y frío como el hielo. – contestaba Toltucam. Rekemel lo miró con detenimiento: El demonio tenía pelo negro y largo hasta los hombros, cara blanca, delgada y llena de cortaduras que sangraban leve pero constantemente, ojos grandes y rojos como linternas y labios hinchados y cortados. Estaba todo cubierto por una capa negra y sólo se veían sus manos huesudas que también sangraban… parecía un vampiro.
- ¡Me quiero ir! – suplicó Rekemel, apoyándose contra la pared inmunda de una casa quemada y ocultando la cara con los brazos que había extendido para poder apoyarse.
- Te dejo ir con una condición. – propuso Toltucam, con una sonrisa cruel. – Aquí nadie tiene dignidad y es por eso que no les importa nada más. Para irte, tenés que soportar una humillación.
- ¿Cuál? – el chico palideció de pronto. Él se reconocía muy poca cosa pero se le ocurrían muchas humillaciones que él no hubiese sido capaz de soportar.
- Quiero que actúes como una mujer.
- Ya actúa como una mujer – se burló un niño que miraba al extraño con curiosidad y desprecio.
- No, igual que un transformado. – repuso Toltucam y Rekemel se puso más blanco que la cera. Un transformado era una persona que por ser homosexual, se convertía directamente en alguien de su sexo opuesto (aunque sus órganos interiores quedaban casi intactos por lo que hacía simple la identificación). Ninguna de las cosas que había Rekemel pensado le parecía más humillante que esto. – Que se vea como mujer. Pero no acá sino en el mundo donde existe y vale el orgullo. En el nuestro. – Asintió el demonio, al tiempo que todos se desternillaban de risa. Entonces, Rekemel tuvo una idea: “si hago una buena actuación, no voy a pasar tanta vergüenza a menos que me descubran”.
El chico apareció en su casa, cara a cara con Lolita. Sintió un repentino temor por ella. ¿Qué tan lejos estaba el demonio de usarla como señuelo para obligarlo a hacer lago terrible o de matarla? La niña pareció adivinar su miedo porque se alejó corriendo en la oscuridad. Rekemel la persiguió por toda la casa, subiendo escaleras, dando portazos y tropezando con muebles y juguetes hasta que finalmente la acorraló en el cuarto que le pertenecía a ella sola. Lolita gritó desenfrenada pero la voz le salía demasiado débil como para que la oyeran.
El espíritu que susurraba al oído
De repente, la pared detrás de la cual se escondían Rekemel y Lolita se desintegró y ellos cayeron dentro del living. Nojucon les dirigió una sonrisa sarcástica y dijo, riendo:
- Sabía que estaban ahí. La casa no se desmorona sola. – Los niños se pusieron rojos como un pimiento. – ¡Vamos, váyanse a dormir si no quieren que me enoje más de lo que ya estoy! ¡Vamos! – los niños salieron corriendo hacia sus cuartos mientras Nojucon fingía echarlos de una patada.
- ¿Qué tenés en la muñeca? ¿Un tatuaje? – preguntó Ingrid, con curiosidad, tomando la muñeca de su esposo mientras lo obligaba a volver a sentarse con ella. Nojucon tenía un dibujo extraño que, de lejos parecía una mancha negra pero de cerca se notaba que era un payaso con una lágrima en la cara. Era diminuto, pocos realmente se daban cuenta de que lo tenía y, como el hombre tenía siempre camisas o túnicas con mangas largas, no era fácil de ver.
- Ah, ¿esto? Es un estigma. – contestó Nojucon, con tranquilidad. Toda su vida había esperado que alguien le preguntase por ese estigma porque resultaba ser la única justificación a su extrema sensibilidad. – Lo tengo desde los trece años. Fue parte del precio que pagué por recuperar la mitad de mi rostro.
- ¿Y qué hace? – Ingrid intentaba distraer a su amado de la preocupación que hacía unos minutos había revolucionado la casa.
- Hace que todo duela más. Cualquier dolor (espiritual o físico) suave se vuelve fuerte y cualquier dolor fuerte, insoportable. Por eso me ves llorar más de la cuenta.
- Vos lo que querés es hacerte el héroe.
- ¿Para qué? Ya soy un héroe. Soy un guerrero y muy poderoso. El único que se atrevió a enfrentar a Jeremías. – Jeremías era un demonio muy cruel y desagradable que había dedicado su vida a destruir a las personas por dentro y por fuera. Era despreciable porque sólo le interesaba el poder, no conocía más lágrimas que las de rabia, arruinaba la vida de los seldenes más poderosos para así aprovechar ese momento de debilidad y corromperlos. No era tan poderoso física como mentalmente. Pocos de sus secuaces se habían atrevido a contradecirlo y no habían tenido suerte pese a haber sido más poderosos que Jeremías. Este demonio jamás dejaba ir a ninguno de sus “socios” y los perseguía de por vida hasta tenerlos de vuelta: sus armas no eran la humillación y la súplica sino la extorsión, la mano dura de los demás socios y el poder que conseguía tener sobre la vida de aquel que pretendía tener en su equipo (incluso quienes habían logrado escapar de él en un momento de descuido).
Nojucon e Ingrid habían tenido la desgracia de haber sido pretendidos por este individuo y obligados a ser sus socios. Así se habían conocido y se habían enamorado pensando en la forma de acabar con este demonio. Nojucon había logrado matar a Jeremías de una vez y por eso ahora en la ciudad lo consideraban el guerrero más poderoso. Así, tanto él como su mujer empezaron a obrar de guerreros dispuestos a defender la gran ciudad de las amenazas. No eran los únicos héroes de la ciudad pero sí la última esperanza de la gente (además de la diosa Cirimel).
Sin embargo, la muerte de Jeremías terminó siendo poco al lado de la amenaza que residía en la ciudad en esos tiempos: Toltucam, un nuevo demonio parecido en muchas cosas a Jeremías, había terminado por ocupar su lugar. Tan cruel como él, tan despiadado, tan dedicado a arruinar vidas o simplemente a tomarlas, tan tenebroso y tan poderoso como él (o más) pero también más temido, era el terror de niños y adultos. Sus ojos eran dos ventanas al infierno, a la misma oscuridad que habitaba su corazón. Era casi invencible para todos excepto para la diosa Cirimel (quien lo burlaba con increíble facilidad) y para la Infalible Espada de la Justicia de Nojucon (así llamada porque nadie estaba seguro de si la espada se manejaba por sí sola o si era Nojucon quien tenía un dominio imposible de imitar) que le había dejado todas las cicatrices que desfiguraban el rostro de este demonio.
Pocos le habían visto la cara y casi nadie se había dado cuenta de que semejante demonio era apenas un muchacho de dieciocho años que, además, aparentaba mucho menos. Tenía varios secuaces pero ellos lo apoyaban por su propia voluntad y, si se cambiaban de bando o se aburrían de hacer el mal, Toltucam se olvidaba de ellos a menos que lo enfrentasen (entonces, les daba muerte). Tres personas estaban bajo su custodia pero nadie había tratado con ellos. Para todo el mundo, el rostro de estas dos personas era una imagen tan difusa que, de haberlas visto por la calle, jamás las hubieran reconocido.
Entonces, Ingrid vio unas cortinas negras en la pared de enfrente del sofá y se aproximó a ellas para descubrirlas y ver qué había detrás. Ella sabía que allí no había una ventana porque la casa era subterránea (después de que Nojucon la había abandonado muchos años atrás, ésta se había hundido y la única entrada que había estaba en el piso superior de la enorme casa).
- ¿Y esto? – preguntó ella, mirando a su marido, pasmada.
- Juro que no sabía que estaba ahí… acaba de aparecer… atrás había otro cuadro… - explicó él, horrorizado.
Rekemel llegó y vio el retrato de un ser con una capucha negra, las manos llenas de sangre y los ojos rojos como el fuego. Palideció y se dejó caer en el suelo, temblando de pánico. No le quitaba la mirada de encima pero sus ojos reflejaban horror y su cuerpo no le respondía. Dentro de su cabeza, alguien le decía “¡es ése, es ése! ¡Así era! ¡Dale vida! ¡Dale vida!” y Rekemel intentaba levantarse del suelo pero no podía porque los temblores le impedían moverse.
- ¿Podés esconder el cuadro? – le gritó Nojucon a su esposa, en tono de reproche mientras ayudaba a su amigo a levantarse del suelo. - ¿Cómo te sentís? ¿Te duele algo? ¿A quien le estabas hablando anoche?
- No sé… me hablaba en la cabeza y me mostraba cosas horribles… creo que es… ése de la pared… el del cuadro – contestó Rekemel, dejándose ayudar por su amigo y padre adoptivo. Nojucon lo llevó a la cama del chico con apariencia de niño y lo hizo acostarse. – ¡Me dijo “es ése, es ése, dale vida”! Él quiere volver… y yo no quiero… me hace hacer cosas… cosas de su vida que yo no entiendo…
- ¿Pero la gente cree que sos él? – inquirió el guerrero, sentándose en la cama y llenó una jarra con agua. – Contame todo.
- ¿No te vas a enojar? – la voz de Rekemel tembló.
- No, no empieces a llorar que ya sos grande. Parecés de siete años pero tenés muchos más años. Tranquilizate y contame lo que pasa… y no quiero ver ninguna lágrima.
- Bueno… empezó cuando te hablé mal sin querer. Te dije cosas que ni yo sabía y… no eran cosas que yo pensaba, yo te iba a pedir disculpas… pero cuando me fui a dormir, todo empeoró. Vivía soñando con un tipo con cara de cadáver que me decía cosas llenas de odio y yo no podía dejar de escucharlo porque estaba atado y encerrado en un cuarto todo blanco… y yo entendía todo lo que me decía y me daban ganas de morirme ahí mismo… - los labios del muchacho temblaban sin cesar y parecía a punto de echarse a llorar. Nojucon le pegó un suave puñetazo en la mejilla, lleno de bronca por ver a un chico deshacerse tan fácilmente. Rekemel pareció entender el gesto porque se llenó de ira y empezó a contar las cosas como quien es obligado a hablar contra su voluntad.
- Morirte… claro. Me parece muy extremo. Bueno, ¿y?
- Me desperté y la voz seguía ahí diciéndome que no valgo nada y que él me va a hacer valer algo. Me hizo ir a la casa de una chica que había sido su novia y decirle que la promesa seguía pendiente (no sé qué promesa). Ella tenía dos hijos y un marido muy malvado que le gritaba pero ella no lloraba sino que lo ignoraba.
- ¿Y él te confundió con aquel tipo?
- No, al toque se dio cuenta de que no era ése que me hablaba porque me dio un mensaje para él. No sé qué me dijo porque parece que la voz la escuchó aunque no dijo nada hasta que la dejamos de ver. Al principio la voz parecía ser mi amiga y decía que, ya que vivía en mí, tendría mi nombre pero que luego se haría llamar Toltucam. Después me defendió de un tipo que me quería matar y consiguió dejarlo sin ganas de molestarme de vuelta. Y después me empezó a amenazar y a decir cosas horribles de vos, de Ingrid, de Lolita… ¡Cómo la odia a Lolita!
- ¿Todo eso pasó hoy?
- Sí y hay más. Mientras más caso le hacía, más distante se oía la voz pero también más potente y autoritaria. Me decía que me iba a dejar solo si le daba vida aparte y poder para sostenerse.
- ¿Y lo vas a hacer?
- Sí, con tal de que me deje en paz… - Rekemel se veía entre convencido e irritado.
- ¿Tenés idea de quién es Toltucam?
- No, no tengo idea. Todos hablan y hablan de cómo vivió y cómo murió pero nunca lo había visto antes de ver el cuadro.
- ¡¿Y con todo lo que oíste no te bastó para saber quién era?! – El guerrero se puso de pie, de un salto y lo penetró con la mirada. - ¡Es un demonio! ¡No le podés dar poder e independencia! ¡Va a volver a hacer maldades! ¡Era un demonio! ¡Es un demonio! ¡Va a volver a matar!
- ¡¿Y qué querés que haga?! ¡No me deja dormir, no me deja ni pensar! Me habla, me habla, me habla, me amenaza y me dice cosas horribles de todo el mundo… y no se va nunca. ¡En algún momento va a hacer todo por mí y yo voy a ser el culpable! ¡Si le doy poder, al menos va a hacer todo por su cuenta! – Rekemel ahora hablaba por sí mismo y tenía las mejillas rojas porque sentía rabia y vergüenza de sí mismo a la vez.
- ¡Pero si depende de vos, vos deberías poder ponerle un límite! ¡Sí, separate de él pero no le des poder!
- ¡Ya es tarde! ¡Ya tiene poder sobre mí! ¡Actúa en mi lugar, usa mi magia y me la roba! ¡Lo dejaría si pudiera evitarlo pero no puedo!
- ¿Vos querés que vuelva a lastimar gente? ¿Te querés librar de él y darle poder o dejarlo sin nada?
- ¡No quiero lastimar a nadie ni quiero que él lo haga! ¡No quiero que tenga mi magia pero no puedo evitarlo y sí, me quiero librar de él a toda costa!
- Tal vez tengas algo de él. Algo como… ese anillo azul que ahora tenés en el dedo pulgar… ¿de dónde lo sacaste y dónde está el tuyo? ¿No sabés que es eso lo que te puede estar atando al demonio?
- No me lo puedo sacar, tengo los dedos hinchados todo el tiempo, es imposible. – Nojucon le dio otro puñetazo en la mejilla izquierda y le dejó un moretón.
- ¡Mentís! ¡Sacátelo!
- ¡No me lo puedo sacar! Si no tengo el mío, me voy a morir de a poco… ¡No sé quién tiene el mío, el que era de oro! ¡Cuando desperté, ya no lo tenía y encontré éste cerca de donde me encontraron! ¡Es lo único que tengo! – se atajaba el chico, poniéndose más rojo.
El anillo del que ellos hablaban era la única vestimenta que tenían los seldenes cuando no tenían apariencia humana. Sin él, ellos quedaban vulnerables y desprotegidos por lo que era más sencillo matarlos. Aun así, era imposible robarle el anillo a un seldén a menos que se le cortara su larga cola (que era donde lo tenían). La única forma de separarse del anillo era que el seldén se lo entregara voluntariamente a alguien en quien confiaban. Esta persona no se podía sacar el anillo a menos que el verdadero dueño lo consintiera con todo su ser.
- Sólo puede tenerlo alguien a quien se lo diste voluntariamente. Buscalo y pedíselo. Podría estar en cualquier parte pero, mientras tengas eso, vas a estar vinculado al demonio, ¿entendés?
- ¡Basta, no me grités más! ¡No te quiero escuchar! – Rekemel saltó de la cama y salió corriendo del cuarto.
Nojucon intentó seguirlo pero una figura le bloqueó la puerta. Frente a sus ojos apareció la misma Cirimel con su vestido plateado casi blanco e incandescente y su cabello negro como la noche. Su mirada dulce pero triste conmovió a Nojucon pero su presencia imponente lo obligó a mantener distancia física. La diosa parecía tener el mismo sentimiento porque no se aproximó a él. Después de todo, el mismo Nojucon le había designado la misión de cuidar al mundo de Toltucam y para eso le había dado el poder de los rayos de luna. Sin embargo, Nojucon no esperaba encontrarla convertida en la mismísima Diosa de la Luna y Cirimel no sentía la confianza suficiente como para tratarlo como si fuese uno de sus adoradores. Ni siquiera se atrevía a tocarlo.
- Qué bella estás. Y tu juventud acentúa tu casi divinidad. – le dijo Nojucon, admirado. Para su sorpresa, Cirimel se ruborizó y eso le recordó al guerrero que ella no era una verdadera divinidad sino que antes de ser diosa había sido una chica de su especie común y corriente.
- Acordate de que no soy una diosa y no soy digna de alabanza. Sólo hago lo que me encomendaste. Proteger a la gente inocente del demonio.
- Es verdad pero no imaginaba que tu poder te hiciese florecer de esta manera. Ah, Diosa de la Luna, cómo cuesta mirarte a los ojos y no ver en vos a aquélla que me rompió el corazón en su tan temprana infancia. – Efectivamente, Nojucon no miraba a los ojos a la diosa sino que admiraba su vestido, su cabello y sus manos. – Es por eso que prefiero no mirarte…
Rekemel ahora se hallaba en el cuarto de la bebé de la familia. Era tan fuerte y hermosa. Tenía ojos del color del mar y mejillas rojas como manzanas. Reía mucho más de lo que lloraba y siempre miraba atentamente lo que se hallaba a su alrededor. Rekemel siempre recibía una sonrisa alegre de la pequeña y era por eso que, cuando estaba triste, siempre la iba a ver y dejaba que le alegrara la vida con su contagiosa risa. Malina, la niña, parecía tener idea perfecta de que estaba siendo observada y por eso le gustaba hacer payasadas. En nada se parecía al triste Elihov (si es que era cierto que, como decía Ingrid, era hijo de Nojucon).
Entonces, Nojucon entró al cuarto pero ahora se veía más calmado y parecía dominado por la culpa. Rekemel lo miró por unos segundos y luego se quedó mirando el suelo.
- Perdoname por tratarte así. Te prometo que voy a buscar tu anillo para que puedas separarte de Toltucam. Vos, mientras, cuidate y cuidá a los demás de él. No dejes que lastime a nadie ni que te lastime a vos.
Lolita entró en el cuarto llorando porque se le había caído una muñeca de porcelana y se había hecho pedazos y Rekemel, al verla, fingió interés por ella y fue a poner orden. ¡Qué niña tan revoltosa! Si Toltucam había pensado en deshacerse de ella, razones no le faltaban. Pero Rekemel no dejaría que nadie lastimara a una pequeña inocente (no tan culpable como para merecer la muerte, al menos).
En la noche, Nojucon escuchó a Rekemel llorar desconsolado y horrorizado. “No, no, no quiero ir” y otra voz le respondía “¡Andá! Yo te voy a llevar, te voy a mostrar lo que fui”, y también “No me interesa lo que fuiste, no quiero participar ni te voy a ayudar”
Una imagen se dibujó en el espejo, la misma imagen que Rekemel había visto en el retrato pero ahora se movía y tenía más vida.
- No seas tonto, no te vas a escapar de mí fácilmente. Yo puedo hacer lo que quiera con tu vida. Puedo lastimar a todos los que vos amás y te aseguro que, mientras más me escuchás, defectito, más poder tengo sobre vos. ¿No me ves en el espejo? ¿No me ves detrás de vos? – el chico se dio vuelta y vio detrás de él a quien proyectaba su imagen en el espejo. – No necesito tu consentimiento para hacer lo que me dé la gana. Y ahora andá o algo muy malo le va a pasar a Lolita.
El chico desapareció y vio miles de lugares donde reinaba la oscuridad, el horror, el olor a muerte, las ratas, la sangre, la podredumbre y los gritos de dolor que perforaban los oídos. Distintos lugares de la ciudad que Rekemel creía conocer a la perfección se habían convertido en un nuevo mundo de ultratumba donde la misma gente humilde de vestiduras andrajosas parecía haberse convertido en muertos vivientes. Rekemel sentía que estaba dentro de una verdadera pesadilla. Intentó escapar y regresar a su casa pero, por mucho que caminaba, jamás salía de ese horrible barrio. No podía contener los sollozos de horror y lo peor era que las brujas y magos lo gozaban:
- Hace tanto que por acá no aparecía un bebé con olor a perfume. – decía una horrible bruja llena de verrugas y con los dientes ennegrecidos, en tono burlón. – ¿Cuántos años tenés, bebé?
- Diecinueve, me dijeron – sollozó el chico, que tenía la apariencia de un niño de siete años. Al oírlo, todos los que lo rodeaban por ser diferente a lo que se había visto en ese barrio se rieron a carcajadas maliciosas. Hasta un niño que pasaba por ahí se atrevió a empujarlo y otro, que tenía un huevo podrido en la mano, se lo reventó en el pecho y éste se convirtió en sangre.
- ¿Y quién te trajo a nuestro lugar secreto? – preguntó una chica joven pero despeinada y toda sucia. Usaba una pollera muy corta pero tenía las piernas velludas. – ¿Bomboncito? Sos muy… lloroncito. Acá solo vienen los chicos malos.
- ¡¿Qué nos has traído acá, Toltucam?! ¡¿Por qué traés a este bebé llorón?! ¡Creí que nos ibas a traer a tu redención! – gritó un viejo barbudo que llevaba un horrendo y maloliente abrigo de piel de rata.
- ¡Ésta es mi redención! – explicó la voz que había guiado a Rekemel hasta ese lugar. Ésta se escuchaba distante ahora y no era ya la suya. Detrás de Rekemel se sentía un frío escalofriante y el chico supo que ese Toltucam ya se había separado de él. – Así como lo ven, es perfecto para tomar de él lo que necesito. Esas lagrimitas son engañosas. Este niño es muy poderoso y yo sólo necesito su poder y su capacidad para mantenerme vivo.
- ¿”Esto” te va a mantener vivo a vos? – se burló la chica, con una sonrisa desagradable.
- Ríanse todo lo que quieran. – replicó Toltucam, con tranquilidad. – Ya verán que él es todo lo que necesito. No es un comodín pero es un as. Parece el más pequeño pero es el más grande. Pero antes, necesito separarlo de todo lo que lo hace vulnerable, todo lo que lo hace blando.
- Ya me parecía que así nomás no te servía. – Dijo el viejo tomando un mechón del cabello de Rekemel y rizándolo con sus sucios dedos.
- Mirá si no es un bombón. – comentaba la chica acariciando el rostro del chico con cruel dulzura – blanquito, con ojos negros, pelo finito y ondulado, carita colorada… y la ropa casi impecable. Esas lagrimitas inocentes no conocen todavía lo que es la rabia y el odio, son tan inocentes. ¿No te da lástima arruinarlo?
- Para nada. Su ternura me desagrada demasiado. Lo quiero duro y fuerte, lo quiero negro por dentro y frío como el hielo. – contestaba Toltucam. Rekemel lo miró con detenimiento: El demonio tenía pelo negro y largo hasta los hombros, cara blanca, delgada y llena de cortaduras que sangraban leve pero constantemente, ojos grandes y rojos como linternas y labios hinchados y cortados. Estaba todo cubierto por una capa negra y sólo se veían sus manos huesudas que también sangraban… parecía un vampiro.
- ¡Me quiero ir! – suplicó Rekemel, apoyándose contra la pared inmunda de una casa quemada y ocultando la cara con los brazos que había extendido para poder apoyarse.
- Te dejo ir con una condición. – propuso Toltucam, con una sonrisa cruel. – Aquí nadie tiene dignidad y es por eso que no les importa nada más. Para irte, tenés que soportar una humillación.
- ¿Cuál? – el chico palideció de pronto. Él se reconocía muy poca cosa pero se le ocurrían muchas humillaciones que él no hubiese sido capaz de soportar.
- Quiero que actúes como una mujer.
- Ya actúa como una mujer – se burló un niño que miraba al extraño con curiosidad y desprecio.
- No, igual que un transformado. – repuso Toltucam y Rekemel se puso más blanco que la cera. Un transformado era una persona que por ser homosexual, se convertía directamente en alguien de su sexo opuesto (aunque sus órganos interiores quedaban casi intactos por lo que hacía simple la identificación). Ninguna de las cosas que había Rekemel pensado le parecía más humillante que esto. – Que se vea como mujer. Pero no acá sino en el mundo donde existe y vale el orgullo. En el nuestro. – Asintió el demonio, al tiempo que todos se desternillaban de risa. Entonces, Rekemel tuvo una idea: “si hago una buena actuación, no voy a pasar tanta vergüenza a menos que me descubran”.
El chico apareció en su casa, cara a cara con Lolita. Sintió un repentino temor por ella. ¿Qué tan lejos estaba el demonio de usarla como señuelo para obligarlo a hacer lago terrible o de matarla? La niña pareció adivinar su miedo porque se alejó corriendo en la oscuridad. Rekemel la persiguió por toda la casa, subiendo escaleras, dando portazos y tropezando con muebles y juguetes hasta que finalmente la acorraló en el cuarto que le pertenecía a ella sola. Lolita gritó desenfrenada pero la voz le salía demasiado débil como para que la oyeran.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Capítulo 1 parte 2
Acá va la segunda parte, por si les interesa. Se llama:
El Hijo perdido
Ingrid intentó levantarlo y apoyarlo sobre sus hombros para ayudarlo a regresar a casa pero su amigo oponía resistencia. La diosa desapareció sin más, al igual de la caja pero, justo donde estaba ella se paró un muchacho que parecía haber salido corriendo de su casa al oír el escándalo. Rekemel había dejado de gritar pero sollozaba en silencio, descontrolado por el dolor. No sabía qué le había sucedido ni qué era esa caja pero una ola de odio hacia esa diosa le invadía el corazón.
El muchacho que acababa de llegar alzó a Rekemel en brazos y le pidió a Ingrid que lo acompañase a su casa. La mujer se hubiese negado de no haber visto, aun en la oscuridad, aquella mirada bondadosa e inocente de este extraño. Le sonrió forzadamente porque la preocupación la dominaba y siguió al extraño, corriendo porque los pasos apresurados de éste equivalían a una buena corrida de la pequeña.
- ¿Cómo te llamás? – preguntaba el chico extraño a la pequeña víctima.
- Re… Rekemel – respondió la criatura, con dificultad y parando por fin de sollozar. - ¿Vos… vos quién sos?
- Ren, ¿Te duele mucho? – preguntaba la mujer a su amigo. El extraño, que se había parado para sacar la llave de su casa y abrir la puerta, se sorprendió al oír este apodo. - ¿Por qué le decís Ren? ¿No se llama Rekemel? Es decir… el nombre no tiene ninguna “n”. – replicaba mientras recostaba a la víctima en una cama vacía y le quitaba la ropa rápidamente hasta dejarle sólo un pantaloncillo.
- Bueno… No se me ocurrió otro apodo pero… ¿Eso qué importa? ¿Sabés cómo curarlo o no? – Repuso Ingrid, un poco irritada por la pregunta impertinente. El dueño de casa se sonrojó ligeramente y asintió sin mirarla a los ojos. Salió del cuarto y a los diez minutos apareció con un frasco lleno de una sustancia caliente y maloliente. Rekemel hizo una arcada pero su salvador no hizo caso y empezó a poner esa cosa viscosa en todas las heridas. Nuevas lágrimas de dolor salieron de los ojos del herido (que estaba casi cubierto de esa especie de ungüento).
- Me llamo Elihov. Ned Elihov Torres Toltucam. – se presentó, por fin, el dueño de casa. No había hablado mientras colocaba la cosa en las heridas de Rekemel porque había estado demasiado nervioso y preocupado por aliviar el dolor de su huésped inesperado. - ¿Pero en serio vos no sabés curar heridas?
- ¡Bueno, flaco, vos me ganaste de mano, ¿viste? – empezó a decir Ingrid y, de pronto, abrió los ojos como platos - ¡¿Te llamás Toltucam?! – Ni Rekemel ni el tal Elihov pudo imaginar qué pasaba por la cabeza de Ingrid Lacriva.
- Tranquilizate, no soy el que hizo todo este alboroto. ¿Tengo cara de ser un ser cruel y despiadado? – el rubor de las mejillas de Elihov se intensificó. Ingrid negó con la cabeza pero seguía sin comprender qué significaba esa increíble coincidencia.
- Perdoná. Toltucam, el anterior a éste, era mi papá… - Elihov enrojeció aún más. – pero no fue siempre así. Cuando yo era chico, él era el mejor papá del mundo pero mi mamá le hacía la vida imposible. Lo odiaba y siempre le era infiel.
- ¿Y cuántos años tenés vos?
- Muchos más que tu amigo, te lo aseguro. Cuando cumplí catorce, mi madre nos separó definitivamente. Yo desperté un día en la casa de mi abuelo materno pero ella murió. Poco tiempo después, supe del dolor de papá y quise volver pero mi abuelo me dijo que era mala idea, que mi papá debía aprender de sus errores y… - los ojos de Elihov se humedecieron y hasta Rekemel, que tenía los ojos semi cerrados, pudo notarlo. – y me quedé… entonces, mi papá se volvió loco del dolor y de la injusticia que habíamos cometido contra él y se convirtió en Toltucam… yo me moría por volver y pararlo pero tenía miedo de que no me reconociera o me odiara tanto por no haberlo buscado antes que… - el dueño de la casa también prorrumpió en sollozos pero ni Ingrid ni Rekemel se sintieron incómodos. La mujer abrazó al extraño, con ternura y le dijo que, si no quería continuar, que no era necesario. – que se hubiese decidido a provocar sufrimiento… y lo abandoné. Después, el tiempo pasó y mientras más días pasaban, más vergüenza me daba volver con él… vi su vida transcurrir, desde lejos y siento que ya es demasiado tarde para hablar… que lo mejor va a ser que nunca sepa que estoy vivo…
- Y vos… ¿Por qué nos contás todo esto? – preguntó, al fin, Ingrid, sintiendo un nudo en la garganta y palideciendo.
- Sí, es raro que alguien que no nos conoce, desde el principio, nos cuente toda su historia. – repuso Rekemel, tapándose ahora que sentía que todo el ungüento estaba seco. El otro chico se puso de un rojo brillante y admitió que en realidad no sabía bien por qué contaba todo eso.
- Pero no te pongas colorado – le dijo la hermosa dama, riéndose. – No nos molesta y además podríamos ser amigos. Nojucon se va a poner re contento de tener un amigo nuevo.
- No, no, yo ya tengo a mi familia. Mi esposa, que es el amor de mi vida, conoce todo lo que me pasó y está conmigo siempre (ahora duerme) y tengo hijos que cuidar… - se opuso Elihov, sin recuperar el color pero notablemente en desacuerdo con la idea. – Creo que ya estás mejor, Rekemel, podés sacarte las cáscaras y vas a ver que abajo no te queda ni la cicatriz… y después vayan a seguir lo que hacían.
Mientras Rekemel se sacaba en el baño el ungüento seco que ya no tenía olor y luego se ponía de vuelta la ropa, Ingrid contemplaba admirada la belleza del ángel salvador de Rekemel: aunque tenía la cara roja como un pimiento y los ojos hinchados, éstos brillaban como si Dios hubiese salpicado estrellas en ellos. Su piel morena era sólo signo de la vida dura que había llevado y del esfuerzo que había costado construir (o conseguir) su bella casa y una familia que no debía parecerse en nada a aquélla de su triste infancia. Había sido el aspecto agradable de Elihov el que había provocado que tanto Ingrid como Rekemel sintiesen ternura por él.
- Vamos, “ma”, ya molestamos demasiado. – dijo Rekemel, una vez que salió del baño todo vestido y abrigado. – y un pibe al que ni conozco me vio casi desnudo. No necesito pasar más vergüenza, creo. – rió, animado. – gracias por tu ayuda. Espero volver a verte. – Se despidieron los huéspedes mientras el dueño los escoltaba nerviosa pero cálidamente hacia la salida y cerraba la puerta detrás de ellos.
- Ese chico me hacía acordar a vos. – comentó Ingrid, sonrojándose (aunque, en el fondo, ella pensaba en alguien más). – Era re sensible, ¿viste? Me dio como ternura y lástima verlo tan triste y por eso lo abracé. La verdad es que yo no creo que él haya sido hijo de un demonio. Para mí que se confundió y le hicieron creer que su papá era aquel monstruo al que todos odian para no decirle que al tipo le había pasado algo muy triste. Capaz que lo mataron o también le hicieron creer cualquiera para que no lo fuera a buscar.
- ¿Vos lo decís porque era muy parecido a Nojucon? – Rekemel sintió un nudo en la garganta al darse cuenta de que había sacado a luz sus sospechas. Ya había visto a su gran amigo sollozar por su hijo perdido “solamente tenía catorce años… estaba enamorado… tenía la piel morena de su madre y el cabello castaño… sonreía siempre… era tan inteligente y tan dulce, tan inocente…”. El sufrimiento de Nojucon se había convertido en el de toda la casa (sin que invadiera la vida de nadie ya que ni siquiera Nojucon se dejaba ganar por la angustia).
- Claro, sus historias coinciden y los dos quieren volver a verse. – los ojos de Ingrid brillaban intensamente.
- Y… no sé si ese tal Elihov tenga tantas ganas de verlo. ¿Viste cómo se puso cuando le hablamos de Nojucon? – Rekemel no quería hacerse ilusiones respecto del tema del encuentro emotivo. – Si es que de verdad son padre e hijo, es evidente que Elihov sabe que Nojucon es su papá.
- Mirá, ya estamos llegando. – anunció Ingrid, señalando el portal del cementerio, extrañamente abierto. Todo el mundo sabía que ese portal de rejas evitaba que los espíritus (sobre todo, los malvados y los locos) escapasen del lugar y empezasen a molestar a la gente.
Entonces, Ingrid señaló a una pareja que también reía y hablaba animadamente y cuyos rostros eran idénticos a los de las personas que habían muerto en el accidente que habían sufrido junto a Rekemel y a Lolita (la niña pequeña y mañosa como Ingrid). La pareja miró a los dos visitantes y les pidió que se acercaran. Rekemel y su amiga se acercaron a la pareja, tímidamente y tomados del brazo fuertemente. Ingrid arrastraba al chico con violencia haciéndolo tropezar.
- Vamos, acérquense más, queremos verlos. – les dijo el hombre. Cuando la mujer y el niño estuvieron cerca, la pareja no pudo evitar soltar una carcajada entre burlona y alegre al ver a Rekemel con una imagen tan extraña. El muchacho se sonrojó y bajó la cabeza, avergonzado. ¿Había sido más que eso en el pasado? – ¿Qué te pasó? Te ves tan… patético.
- No sé ni quiero saber. No quiero saber nada de mi vida, solamente quiero saber quiénes son ustedes y qué tienen para decirme. – respondió Rekemel, ofendido por aquel insulto.
- Bueno, no te enojes. – respondió la mujer, con dulzura. – No creo que tenga sentido hablar con alguien que nos desconoce. Pero sí tenemos una profecía para vos. O dos…
- ¿Pero por qué eran tan importantes para mí?
- No vale la pena. No somos importantes para vos. – respondió el hombre, serio. Rekemel se mordió el labio inferior y no dijo nada. Estaba decepcionado. Él esperaba encontrar a viejos amigos, no a aparentes desconocidos.
- Alguien está a punto de salir de adentro de vos. Alguien que poco conoce de amor y lo poco que conoce, desprecia. Alguien que no puede amar y por eso envidia a los que pueden, que no puede verlos felices pero que daría la vida porque alguien se lo diera. Este alguien será cruel, despiadado, desconfiado, descorazonado, despechado, miserable, astuto, autoritario, frío y sádico. Intentará quitarte la libertad con medios casi infalibles pero tendrá una debilidad: aún tiene un poco de corazón que envía sangre a sus venas. Para destruir a ese ser, será necesario completar su corazón. – contó el hombre, con la misma seriedad.
- La otra es que en el futuro hallarás a una persona que será tu promesa de libertad. Será diminuta e inofensiva. Deberás cuidarla porque será frágil de cuerpo y débil de personalidad pero su espíritu será tan fuerte que nada de lo que hagas lo dañará de por vida. Lo vas a querer mucho y permanecerás a su lado como su eterno padre y fiel amigo. Él te liberará de la sombra que te persigue y a ambos les abrirá la puerta a lo que más desean en el mundo. – anunció la mujer, con alegría.
- ¿Pero qué? ¿Seremos personas distintas? – inquirió Rekemel, asustado pero los espíritus se habían esfumado sin decir siquiera sus nombres. El chico miró a su amiga y le dijo con vos ronca: - vámonos, este lugar me da miedo. – y los dos amigos salieron del cementerio tomados fuertemente del brazo. Desde que habían hablado por primera vez, sabían que había una especie de química típica de madre e hijo. No se sentían incómodos ni comprometidos tomándose de la mano. No había más sentimientos entre ellos que los de una profunda hermandad.
Mientras caminaban por las calles oscuras, un viento helado les calaba los huesos y les hacía lagrimear los ojos.
- bueno, ahora no vamos a tener que decirle a Nojucon que lloré, ¿no? – bromeó Rekemel, cuando llegaron a la puerta de la casa.
No llegaron a golpear cuando Nojucon les abrió la puerta, con la cara pálida como la cera. Sólo él sabía que los había seguido y, al oír los gritos de Rekemel, se le había nublado la vista por culpa de una extraña oscuridad y había tenido que regresar antes de quedarse ciego.
- ¿Dónde estaban? ¿Tienen idea de la hora que es? – preguntó Nojucon, angustiado.
- Mirá, a mí no me grités que yo soy grande para andar dependiendo de vos, ¿me oíste? – Gritó Rekemel con voz más ronca de lo usual y con tono más alto de lo que él mismo se hubiera permitido usar con su amigo. Al darse cuenta, se llevó la mano a la frente, avergonzado. – Perdón, yo no… no quise… ¡No me vuelvas a subir el tono! ¡Nunca! – ¿Qué sucedía? ¿Por qué decía esas cosas? ¡No era eso lo que quería decir! – No… Nojucon… no estoy enojado de verdad… no fue mi intención… ¡Y te aviso que no soy ningún tonto! ¡Sé lo que sos! ¡Sé lo que fuiste! ¡Sé todo!
De pronto, Rekemel salió corriendo del hall hacia su cama y empezó a moverse agitadamente como poseído por un espíritu. Se disculpaba pero luego agredía y después se volvía a disculpar.
- ¡Yo no soy! ¡Yo no soy, te lo juro! ¡Creeme! – aseguraba el chico, llorando desconsolado y muerto de miedo. ¿Y si perdía a su amigo por decir cosas que no sentía pero que se escapaban de su boca en contra de su voluntad?
Nojucon se dio la vuelta y salió del cuarto y se dirigió al desordenado living. Se sentó en el sillón y se llevó las manos a la cabeza, abatido. Miraba el cuarto mientras recordaba cómo había sido ese lugar hacía ya diez años: aquella sala que un día había estado desordenada y solitaria, pobremente decorada y bastante gris pese a que las paredes eran blancas. Los muebles siempre habían sido austeros. El gran sofá contra la pared donde entraba cómodamente acostado un hombre alto, ahora estaba mucho más mullido y prácticamente se había convertido en camilla de emergencia; la mesita ratona redonda había sido reemplazada por una mesa alta y redonda que ahora estaba rodeada de cómodos sillones que no pertenecían al primer juego; el espejo viejo y ennegrecido ahora se veía como un enorme y elegante espejo de la época colonial, los viejos y tristes tapizados rojos habían sido reemplazados por una alegre capa de pintura color durazno y retratos de todos miembros de la nueva familia. Todo esto le había dado una idea de que por fin tendría paz y alegría en su familia. Dos de sus tres hijos eran adoptados pero no había tenido Nojucon familia más bella que ésa. Sí había pensado en problemas como el crecimiento de las niñas o los problemas amorosos de Rekemel pero no justo “eso”…
- Yo creí que había terminado todo. – murmuró Nojucon, con la voz quebrada.
- Tranquilizate – le indicó Ingrid, su mujer, sentándose a su lado y abrazándolo. – Es un adolescente todavía, es entendible que hable sin pensar.
Lolita y Rekemel (que había vuelto a la normalidad) se escondieron tras una de las paredes que daban al living para oír lo que sucedía. Ambos temían que Nojucon se hubiese enfadado por lo que Rekemel había dicho y no volviese a hablarle. ¿Estaría maldiciéndolo o desahogándose con Ingrid? Era una cosa de especie eso de ser tan emocional. Los tres seldenes adultos eran más sensibles que cualquier otro ser humano.
- No, Ingrid, no es eso lo que tiene. Es una enfermedad… es algo hereditario… y es muy grave.
El Hijo perdido
Ingrid intentó levantarlo y apoyarlo sobre sus hombros para ayudarlo a regresar a casa pero su amigo oponía resistencia. La diosa desapareció sin más, al igual de la caja pero, justo donde estaba ella se paró un muchacho que parecía haber salido corriendo de su casa al oír el escándalo. Rekemel había dejado de gritar pero sollozaba en silencio, descontrolado por el dolor. No sabía qué le había sucedido ni qué era esa caja pero una ola de odio hacia esa diosa le invadía el corazón.
El muchacho que acababa de llegar alzó a Rekemel en brazos y le pidió a Ingrid que lo acompañase a su casa. La mujer se hubiese negado de no haber visto, aun en la oscuridad, aquella mirada bondadosa e inocente de este extraño. Le sonrió forzadamente porque la preocupación la dominaba y siguió al extraño, corriendo porque los pasos apresurados de éste equivalían a una buena corrida de la pequeña.
- ¿Cómo te llamás? – preguntaba el chico extraño a la pequeña víctima.
- Re… Rekemel – respondió la criatura, con dificultad y parando por fin de sollozar. - ¿Vos… vos quién sos?
- Ren, ¿Te duele mucho? – preguntaba la mujer a su amigo. El extraño, que se había parado para sacar la llave de su casa y abrir la puerta, se sorprendió al oír este apodo. - ¿Por qué le decís Ren? ¿No se llama Rekemel? Es decir… el nombre no tiene ninguna “n”. – replicaba mientras recostaba a la víctima en una cama vacía y le quitaba la ropa rápidamente hasta dejarle sólo un pantaloncillo.
- Bueno… No se me ocurrió otro apodo pero… ¿Eso qué importa? ¿Sabés cómo curarlo o no? – Repuso Ingrid, un poco irritada por la pregunta impertinente. El dueño de casa se sonrojó ligeramente y asintió sin mirarla a los ojos. Salió del cuarto y a los diez minutos apareció con un frasco lleno de una sustancia caliente y maloliente. Rekemel hizo una arcada pero su salvador no hizo caso y empezó a poner esa cosa viscosa en todas las heridas. Nuevas lágrimas de dolor salieron de los ojos del herido (que estaba casi cubierto de esa especie de ungüento).
- Me llamo Elihov. Ned Elihov Torres Toltucam. – se presentó, por fin, el dueño de casa. No había hablado mientras colocaba la cosa en las heridas de Rekemel porque había estado demasiado nervioso y preocupado por aliviar el dolor de su huésped inesperado. - ¿Pero en serio vos no sabés curar heridas?
- ¡Bueno, flaco, vos me ganaste de mano, ¿viste? – empezó a decir Ingrid y, de pronto, abrió los ojos como platos - ¡¿Te llamás Toltucam?! – Ni Rekemel ni el tal Elihov pudo imaginar qué pasaba por la cabeza de Ingrid Lacriva.
- Tranquilizate, no soy el que hizo todo este alboroto. ¿Tengo cara de ser un ser cruel y despiadado? – el rubor de las mejillas de Elihov se intensificó. Ingrid negó con la cabeza pero seguía sin comprender qué significaba esa increíble coincidencia.
- Perdoná. Toltucam, el anterior a éste, era mi papá… - Elihov enrojeció aún más. – pero no fue siempre así. Cuando yo era chico, él era el mejor papá del mundo pero mi mamá le hacía la vida imposible. Lo odiaba y siempre le era infiel.
- ¿Y cuántos años tenés vos?
- Muchos más que tu amigo, te lo aseguro. Cuando cumplí catorce, mi madre nos separó definitivamente. Yo desperté un día en la casa de mi abuelo materno pero ella murió. Poco tiempo después, supe del dolor de papá y quise volver pero mi abuelo me dijo que era mala idea, que mi papá debía aprender de sus errores y… - los ojos de Elihov se humedecieron y hasta Rekemel, que tenía los ojos semi cerrados, pudo notarlo. – y me quedé… entonces, mi papá se volvió loco del dolor y de la injusticia que habíamos cometido contra él y se convirtió en Toltucam… yo me moría por volver y pararlo pero tenía miedo de que no me reconociera o me odiara tanto por no haberlo buscado antes que… - el dueño de la casa también prorrumpió en sollozos pero ni Ingrid ni Rekemel se sintieron incómodos. La mujer abrazó al extraño, con ternura y le dijo que, si no quería continuar, que no era necesario. – que se hubiese decidido a provocar sufrimiento… y lo abandoné. Después, el tiempo pasó y mientras más días pasaban, más vergüenza me daba volver con él… vi su vida transcurrir, desde lejos y siento que ya es demasiado tarde para hablar… que lo mejor va a ser que nunca sepa que estoy vivo…
- Y vos… ¿Por qué nos contás todo esto? – preguntó, al fin, Ingrid, sintiendo un nudo en la garganta y palideciendo.
- Sí, es raro que alguien que no nos conoce, desde el principio, nos cuente toda su historia. – repuso Rekemel, tapándose ahora que sentía que todo el ungüento estaba seco. El otro chico se puso de un rojo brillante y admitió que en realidad no sabía bien por qué contaba todo eso.
- Pero no te pongas colorado – le dijo la hermosa dama, riéndose. – No nos molesta y además podríamos ser amigos. Nojucon se va a poner re contento de tener un amigo nuevo.
- No, no, yo ya tengo a mi familia. Mi esposa, que es el amor de mi vida, conoce todo lo que me pasó y está conmigo siempre (ahora duerme) y tengo hijos que cuidar… - se opuso Elihov, sin recuperar el color pero notablemente en desacuerdo con la idea. – Creo que ya estás mejor, Rekemel, podés sacarte las cáscaras y vas a ver que abajo no te queda ni la cicatriz… y después vayan a seguir lo que hacían.
Mientras Rekemel se sacaba en el baño el ungüento seco que ya no tenía olor y luego se ponía de vuelta la ropa, Ingrid contemplaba admirada la belleza del ángel salvador de Rekemel: aunque tenía la cara roja como un pimiento y los ojos hinchados, éstos brillaban como si Dios hubiese salpicado estrellas en ellos. Su piel morena era sólo signo de la vida dura que había llevado y del esfuerzo que había costado construir (o conseguir) su bella casa y una familia que no debía parecerse en nada a aquélla de su triste infancia. Había sido el aspecto agradable de Elihov el que había provocado que tanto Ingrid como Rekemel sintiesen ternura por él.
- Vamos, “ma”, ya molestamos demasiado. – dijo Rekemel, una vez que salió del baño todo vestido y abrigado. – y un pibe al que ni conozco me vio casi desnudo. No necesito pasar más vergüenza, creo. – rió, animado. – gracias por tu ayuda. Espero volver a verte. – Se despidieron los huéspedes mientras el dueño los escoltaba nerviosa pero cálidamente hacia la salida y cerraba la puerta detrás de ellos.
- Ese chico me hacía acordar a vos. – comentó Ingrid, sonrojándose (aunque, en el fondo, ella pensaba en alguien más). – Era re sensible, ¿viste? Me dio como ternura y lástima verlo tan triste y por eso lo abracé. La verdad es que yo no creo que él haya sido hijo de un demonio. Para mí que se confundió y le hicieron creer que su papá era aquel monstruo al que todos odian para no decirle que al tipo le había pasado algo muy triste. Capaz que lo mataron o también le hicieron creer cualquiera para que no lo fuera a buscar.
- ¿Vos lo decís porque era muy parecido a Nojucon? – Rekemel sintió un nudo en la garganta al darse cuenta de que había sacado a luz sus sospechas. Ya había visto a su gran amigo sollozar por su hijo perdido “solamente tenía catorce años… estaba enamorado… tenía la piel morena de su madre y el cabello castaño… sonreía siempre… era tan inteligente y tan dulce, tan inocente…”. El sufrimiento de Nojucon se había convertido en el de toda la casa (sin que invadiera la vida de nadie ya que ni siquiera Nojucon se dejaba ganar por la angustia).
- Claro, sus historias coinciden y los dos quieren volver a verse. – los ojos de Ingrid brillaban intensamente.
- Y… no sé si ese tal Elihov tenga tantas ganas de verlo. ¿Viste cómo se puso cuando le hablamos de Nojucon? – Rekemel no quería hacerse ilusiones respecto del tema del encuentro emotivo. – Si es que de verdad son padre e hijo, es evidente que Elihov sabe que Nojucon es su papá.
- Mirá, ya estamos llegando. – anunció Ingrid, señalando el portal del cementerio, extrañamente abierto. Todo el mundo sabía que ese portal de rejas evitaba que los espíritus (sobre todo, los malvados y los locos) escapasen del lugar y empezasen a molestar a la gente.
Entonces, Ingrid señaló a una pareja que también reía y hablaba animadamente y cuyos rostros eran idénticos a los de las personas que habían muerto en el accidente que habían sufrido junto a Rekemel y a Lolita (la niña pequeña y mañosa como Ingrid). La pareja miró a los dos visitantes y les pidió que se acercaran. Rekemel y su amiga se acercaron a la pareja, tímidamente y tomados del brazo fuertemente. Ingrid arrastraba al chico con violencia haciéndolo tropezar.
- Vamos, acérquense más, queremos verlos. – les dijo el hombre. Cuando la mujer y el niño estuvieron cerca, la pareja no pudo evitar soltar una carcajada entre burlona y alegre al ver a Rekemel con una imagen tan extraña. El muchacho se sonrojó y bajó la cabeza, avergonzado. ¿Había sido más que eso en el pasado? – ¿Qué te pasó? Te ves tan… patético.
- No sé ni quiero saber. No quiero saber nada de mi vida, solamente quiero saber quiénes son ustedes y qué tienen para decirme. – respondió Rekemel, ofendido por aquel insulto.
- Bueno, no te enojes. – respondió la mujer, con dulzura. – No creo que tenga sentido hablar con alguien que nos desconoce. Pero sí tenemos una profecía para vos. O dos…
- ¿Pero por qué eran tan importantes para mí?
- No vale la pena. No somos importantes para vos. – respondió el hombre, serio. Rekemel se mordió el labio inferior y no dijo nada. Estaba decepcionado. Él esperaba encontrar a viejos amigos, no a aparentes desconocidos.
- Alguien está a punto de salir de adentro de vos. Alguien que poco conoce de amor y lo poco que conoce, desprecia. Alguien que no puede amar y por eso envidia a los que pueden, que no puede verlos felices pero que daría la vida porque alguien se lo diera. Este alguien será cruel, despiadado, desconfiado, descorazonado, despechado, miserable, astuto, autoritario, frío y sádico. Intentará quitarte la libertad con medios casi infalibles pero tendrá una debilidad: aún tiene un poco de corazón que envía sangre a sus venas. Para destruir a ese ser, será necesario completar su corazón. – contó el hombre, con la misma seriedad.
- La otra es que en el futuro hallarás a una persona que será tu promesa de libertad. Será diminuta e inofensiva. Deberás cuidarla porque será frágil de cuerpo y débil de personalidad pero su espíritu será tan fuerte que nada de lo que hagas lo dañará de por vida. Lo vas a querer mucho y permanecerás a su lado como su eterno padre y fiel amigo. Él te liberará de la sombra que te persigue y a ambos les abrirá la puerta a lo que más desean en el mundo. – anunció la mujer, con alegría.
- ¿Pero qué? ¿Seremos personas distintas? – inquirió Rekemel, asustado pero los espíritus se habían esfumado sin decir siquiera sus nombres. El chico miró a su amiga y le dijo con vos ronca: - vámonos, este lugar me da miedo. – y los dos amigos salieron del cementerio tomados fuertemente del brazo. Desde que habían hablado por primera vez, sabían que había una especie de química típica de madre e hijo. No se sentían incómodos ni comprometidos tomándose de la mano. No había más sentimientos entre ellos que los de una profunda hermandad.
Mientras caminaban por las calles oscuras, un viento helado les calaba los huesos y les hacía lagrimear los ojos.
- bueno, ahora no vamos a tener que decirle a Nojucon que lloré, ¿no? – bromeó Rekemel, cuando llegaron a la puerta de la casa.
No llegaron a golpear cuando Nojucon les abrió la puerta, con la cara pálida como la cera. Sólo él sabía que los había seguido y, al oír los gritos de Rekemel, se le había nublado la vista por culpa de una extraña oscuridad y había tenido que regresar antes de quedarse ciego.
- ¿Dónde estaban? ¿Tienen idea de la hora que es? – preguntó Nojucon, angustiado.
- Mirá, a mí no me grités que yo soy grande para andar dependiendo de vos, ¿me oíste? – Gritó Rekemel con voz más ronca de lo usual y con tono más alto de lo que él mismo se hubiera permitido usar con su amigo. Al darse cuenta, se llevó la mano a la frente, avergonzado. – Perdón, yo no… no quise… ¡No me vuelvas a subir el tono! ¡Nunca! – ¿Qué sucedía? ¿Por qué decía esas cosas? ¡No era eso lo que quería decir! – No… Nojucon… no estoy enojado de verdad… no fue mi intención… ¡Y te aviso que no soy ningún tonto! ¡Sé lo que sos! ¡Sé lo que fuiste! ¡Sé todo!
De pronto, Rekemel salió corriendo del hall hacia su cama y empezó a moverse agitadamente como poseído por un espíritu. Se disculpaba pero luego agredía y después se volvía a disculpar.
- ¡Yo no soy! ¡Yo no soy, te lo juro! ¡Creeme! – aseguraba el chico, llorando desconsolado y muerto de miedo. ¿Y si perdía a su amigo por decir cosas que no sentía pero que se escapaban de su boca en contra de su voluntad?
Nojucon se dio la vuelta y salió del cuarto y se dirigió al desordenado living. Se sentó en el sillón y se llevó las manos a la cabeza, abatido. Miraba el cuarto mientras recordaba cómo había sido ese lugar hacía ya diez años: aquella sala que un día había estado desordenada y solitaria, pobremente decorada y bastante gris pese a que las paredes eran blancas. Los muebles siempre habían sido austeros. El gran sofá contra la pared donde entraba cómodamente acostado un hombre alto, ahora estaba mucho más mullido y prácticamente se había convertido en camilla de emergencia; la mesita ratona redonda había sido reemplazada por una mesa alta y redonda que ahora estaba rodeada de cómodos sillones que no pertenecían al primer juego; el espejo viejo y ennegrecido ahora se veía como un enorme y elegante espejo de la época colonial, los viejos y tristes tapizados rojos habían sido reemplazados por una alegre capa de pintura color durazno y retratos de todos miembros de la nueva familia. Todo esto le había dado una idea de que por fin tendría paz y alegría en su familia. Dos de sus tres hijos eran adoptados pero no había tenido Nojucon familia más bella que ésa. Sí había pensado en problemas como el crecimiento de las niñas o los problemas amorosos de Rekemel pero no justo “eso”…
- Yo creí que había terminado todo. – murmuró Nojucon, con la voz quebrada.
- Tranquilizate – le indicó Ingrid, su mujer, sentándose a su lado y abrazándolo. – Es un adolescente todavía, es entendible que hable sin pensar.
Lolita y Rekemel (que había vuelto a la normalidad) se escondieron tras una de las paredes que daban al living para oír lo que sucedía. Ambos temían que Nojucon se hubiese enfadado por lo que Rekemel había dicho y no volviese a hablarle. ¿Estaría maldiciéndolo o desahogándose con Ingrid? Era una cosa de especie eso de ser tan emocional. Los tres seldenes adultos eran más sensibles que cualquier otro ser humano.
- No, Ingrid, no es eso lo que tiene. Es una enfermedad… es algo hereditario… y es muy grave.
viernes, 8 de mayo de 2009
Toltucam (La voz que susurraba al oído)
Esta es la primera historia que voy a publicar. Espero que disfruten del primer capítulo (es un poquito largo así que se lo pueden bajar, leerlo tranquilos y después comentar)
Año 1941
Rekemel se despertó en un lugar que no recordaba haber visto jamás. Estaba tirado en un sofá boca abajo. El mueble hubiera sido cómodo si Rekemel no se hubiese sentido tan mal. Él se encontraba en medio de un living bastante amplio pero oscuro y lleno de velas encendidas. Intentó recordar por qué estaba sangrando de pies a cabeza pero su cabeza estaba completamente vacía. ¿Lo habrían atacado en la calle para robarle? Sabía que no era un humano. No tenía manos ni pies, tenía el cuerpo cubierto de pelo, alas rotas en la espalda y una cola larga como la de los monos… era una criatura sobrenatural pero ¿Qué era? ¿Quién era? ¿De dónde había salido?
Un hombre de cabello castaño y rizado se acercó a él y le dijo, sonriendo con simpatía:
- Ya te despertaste, por fin. Qué siestita, ¿eh?
- ¿Qué hora es?
- Como las dos de la mañana. Se cortó la luz y mi esposa pensó que sería una buena ocasión para prender velas. – explicó el hombre, señalando las velas que adornaban todas las mesas y estantes de la casa. Todas las velas eran diferentes y de colores variados.
- ¿Quién soy? – inquirió Rekemel, con voz débil.
- Hasta que despertaste no eras nadie. Ahora te llamás Rekemel.
- Ya sé. Apenas abro los ojos pero desde que tengo conciencia que te oigo decirme así. – respondió la criatura, de mal modo. – ¿Y vos quien sos?
- Yo me llamo Nojucon. Y, desde ahora, voy a ser tu amigo. No quiero imponerme pero, mientras necesites de mi ayuda, es lo que te conviene. – Pese a que Nojucon sonaba amenazador, Rekemel supo que ese hombre en realidad no pretendía hacerle daño. – Y es que acá todos estamos solos en el mundo… vos también, parece.
En esa casa, todos tenían una larga historia de abandonos e infidelidades. Nojucon era la cabeza de la pequeña familia y él había sido abandonado por su primera mujer y perdido a su primer hijo de manera dolorosa. Era un hombre tan hermoso como un ángel: pelo castaño claro, ojos celestes y brillantes, figura armoniosa y llena de fuerza y una mirada que reflejaba ternura y tristeza a la vez. Para toda la familia, el padre perfecto. Como padre era tierno pero, a la vez, firme; como amigo era comprensivo y gracioso; como persona, humilde aunque inmaduro a la hora de tomar decisiones en su propia vida (le era más fácil tomar decisiones acertadas en la vida de otros).
Él había salvado al nuevo de una muerte segura y gradual después de un fatal accidente. El chico, llamado Rekemel (al que Nojucon conocía desde criatura), y una niña de ya tres años habían sido los únicos sobrevivientes. Habían aparecido tirados en el suelo muy cerca de una pareja joven (que bien podrían haber sido los hermanos mayores de Rekemel). La pequeña había salido ilesa pero Rekemel estaba herido de muerte y fue Nojucon junto con su nueva esposa quienes le devolvieron la vida.
La esposa de Nojucon se llamaba Ingrid Lacriva y era una mujer muy extrovertida. Siempre se reía y adoraba vestirse muy coqueta. Su cabellera rubia y rizada y su piel de leche la hacían ver como una estrella de cine y su humildad sólo se mostraba dentro de la casa. Ella decía que se vestía así sólo para su marido y, cuando salía, se vestía de forma que no llamara la atención (así le habían enseñado sus padres, a dar lo mejor sólo a los que amaba). Era de naturaleza caprichosa pero jamás se había convertido enana molestia verdadera ya que todos adoraban ayudarla y estar a su servicio. No era una madre común más que para su pequeña hija bebé a quien le dedicaba toda su dulzura (aunque, a veces, cuando la enérgica niña la cansaba, se la daba a otro). La mayor dolencia de ella había sido dejar a toda su familia por culpa de su inclinación y caprichos pasionales que habían dominado a la razón, en su juventud. Ahora, sin embargo, estaba feliz porque su familia la había perdonado.
También había otras dos niñas. Una pequeña humana de tres años cuyo nombre (escrito en el cuello de su vestido) era Lolita (Dolores, en realidad). Ella había perdido a sus padres pero nadie podía decir quiénes eran porque nadie lo sabía realmente. Nojucon no se atrevía a adivinar si era hija de la pareja que había estado con la niña en el momento del accidente, si la habían secuestrado o simplemente la habían encontrado abandonada al igual que él (Nojucon). Lolita era una niña rubia de ojos pequeños y cara delgada, piel trigueña, ojos color café; y figura alta y delgada. Su mirada era feroz, su carácter altivo y su personalidad mucho más caprichosa que Ingrid (tanto que sólo ella soportaba a la pequeña y podía mantenerla contenta). Luego estaba Coyolxauhqui, la hija de Nojucon y Lacriva, quien aún era un bebé y había ayudado misteriosamente a devolverle la vida a Rekemel pero aún no podía recuperar completamente su salud.
Rekemel era quien, según Nojucon, tenía la historia más oscura y triste pero Ingrid opinaba que el muchacho, por ser sólo un joven, no podía dar su vida como una cosa trágica. Rekemel no recordaba nada de su vida pasada más que un horrible rostro putrefacto y lleno de maldad que le había transmitido su odio como un veneno fuerte del que nadie se recuperaba. Sin embargo, el muchacho no sabía siquiera qué ni a quién odiaba tanto así que aquella persona no significaba nada para él. El “muchacho” (Rekemel) aún no tomaba forma humana y se veía como una criatura muy rara. Era del tamaño de un conejo, tenía un espeso pelaje color marrón rojizo que lo hacía parecer gordo, unas patas cortas pero parecidas a la de los tigres, alas de dragón, panza blanca medio amarilla, nariz de perro y una cola como la de los monos con punta de flecha (pero sin filo) adornada por un grueso anillo de diamante azul. Pero eran sus grandes ojos del mismo color que el diamante los que hacían que toda su anormalidad cobrara belleza.
En el mundo donde vivía esta extraña familia, todo era mágico. No había ser que pisara ese mundo y no tuviera una gota de magia en la sangre y no era casualidad que allí reinara la belleza. Quien quería, podía quitarse unos años, resaltar su mejor virtud (si tenía nariz larga y ganchuda, resaltaba su sonrisa de blancos dientes; si su pelo era crespo y estaba siempre enmarañado, lo disimulaba embelleciendo su rostro) o hacer lo imposible por no ser catalogado de feo. Poca gente realmente dejaba que las vicisitudes les pasaran por encima. Embellecerse de una vez en forma permanente no costaba nada y, aunque las modas cambiaban y la gente menos (o para nada) superficial se quedaba atrás, una vez hecho un cambio acorde a su edad, no era necesario seguir siempre las tendencias. En ese mundo, los lentes eran cosa común entre los que tenían miedo de que les curaran mal los ojos o los que creían que no usarlos era cosa de superficiales.
Este mundo se llamaba Ciasdonimigia y estaba poblado por todo tipo de criaturas (la gran mayoría, dotada de inteligencia cuasi humana como premio por su fidelidad al hombre; a excepción de los animales que servían para proveer alimento ya que a éstos nadie les había podido dar la inteligencia necesaria para reclamar). Los seres más parecidos a los humanos (aparte de las sirenas, hadas, centauros, faunos y esfinges – bastante raras por esos lugares) eran los llamados seldenes: criaturas que tenían el poder de convertirse en cualquier otra pero que tenían figura propia (ésta era la de Rekemel). Eran los seres más complejos creados por los mismos seres humanos pero no estaban perfeccionados aún. En ese mundo había diez variaciones distintas de esta especie, cuya descendencia era cuidadosamente seguida por científicos y doctores. Los especímenes eran escasos todavía puesto que los experimentos anteriores habían fracasado y los doctores habían tenido que matarlos ya fuera por compasión (los cincuenta primeros), por la agresividad de los mismos experimentos o por su compulsiva obediencia indiscriminada que los convertía en traidores (cualquiera podía ser su amo y el seldén podía responder a más de cien amos distintos porque obedecían cada orden que se les daba).
Tanto Rekemel como Lacriva, Nojucon y su hija eran seldenes de las variaciones más perfeccionadas (las que tenían discernimiento propio). Los tres tenían la capacidad de tomar forma humana pero sólo Nojucon, Ingrid y la pequeña de un mes tenían esa forma. Rekemel había perdido la capacidad en el accidente pero, ahora que estaba curado, pensaba intentarlo. La especie Seldén era una creación humana fruto de cien experimentos (hasta ese momento) en el intento de crear a un humano perfecto al cual las enfermedades y venenos no pudieran matar pero las cosas se les habían ido de las manos completamente. Los primeros experimentos simplemente no habían funcionado, los que seguían presentaban defectos imperdonables y cada perfeccionamiento presentaba un problema mayor que el anterior. Finalmente, los diez últimos experimentos fueron los únicos que pudieron ser introducidos a la sociedad (no sin consecuencias desastrosas). Nojucon era descendiente del último y Lacriva de otro inmediatamente anterior. Sus defectos se manifestaban en su personalidad impulsiva y excesivamente pasional.
Año 1938
Un puñal en el corazón, cortaduras en todo el cuerpo, otro puñal en la espalda y todo se volvió confuso. ¿Quién había sido? ¿Qué sucedía? ¿Por qué corrían y gritaban todos? Dos personas corrieron hacia el muchacho que alucinaba y se caía dominado por el dolor en la espalda y en el corazón. Los brazos que intentaban mantenerlo en pie parecían de chicas, a juzgar por las voces.
- ¡No! ¡No! ¡No puede ser! ¡No puede ser! – sollozaba el chico, desconsolado mientras veía a todos alejarse y sentía a esas chicas retenerlo para que no saliera tras la gente.
- No, mi amor, no puede ser… - decía la voz aguda de una de las chicas.
- Tranquilizate que te nos desmayás.
- ¡Quiero verla! ¡Quiero verla! – muchacho se dejó caer en el suelo, vencido por la debilidad y la desesperación.
- Llorá, si querés, llorá que te hace bien – pero el chico finalmente perdió la conciencia y amaneció en un manicomio que, en lugar de “devolverle la cordura” (que supuestamente había perdido a causa de la confusión) lo enloqueció.
La chica a la que el muchacho daba por muerta huyó de la escena porque tenía miedo de él pero, en el camino, un hombre lleno de crueldad que quería que ella ya no volviese a reunirse con su amado para que éste perdiera su preciada alma, la regresó a su más temprana juventud: a ser un bebé.
Luego de buscarla por cielo y tierra, sus padres hallaron a la niña y la recogieron. Catalina, su hermana que ya tenía veinticuatro años, supo que en esa casa ya no había lugar para ella así decidió casarse con un hombre llamado Marcelo hacer su vida. Adoptó a una pequeña y se marchó para hacer lo que su madre jamás le hubiera permitido.
Así, la señora Helena Ruiz (la madre de Catalina) cuidó de su hija bebé pero decidió que, para protegerla, le cambiaría el nombre y también el apellido. No quería volver a relacionarse con la familia del muchacho culpable de las desgracias de su hija menor. Le puso el nombre de Thelma Giardino y se prometió decirle la verdad cuando ésta fuese mayor y pudiese asumirla con responsabilidad. En absoluto le sorprendió a la mujer descubrir que, a los cuatro años, Thelma volviera a ser la misma de antes de morir y que empezara a recordar toda su vida pasada. Fue así como Helena convenció a la pequeña para que tomara una poción que la hiciese verse completamente diferente de lo que era en la realidad…
Año 1941
- Bueno, ya es hora de que tomes tu apariencia humana. – le dijo Ingrid, quien acababa de llegar al living de la casa. Estaba ansiosa por ver cómo se veía el muchacho. – ¿Creés que vas a poder?
- No sé, voy a tratar… pero, ¿ustedes no salían? – inquirió Rekemel, poniéndose colorado. Él había intentado convertirse en humano cuando sólo Nojucon lo veía y sólo había logrado convertirse en un niño de nueve años, con el pelo largo ondulado de color castaño oscuro (y bastante rebelde), tez trigueña pero pálida, mejillas rechonchas y cara redonda y figura igualmente regordeta. Debajo de sus ojos grandes, negros y redondos, tenía unas bolsas que Rekemel no conseguía borrar y tenía unas cicatrices por casi todo el cuerpo que tampoco podían ocultarse bien.
- ¡Eh, no vale! ¡Soy gordo! – Se lamentó mirándose en el espejo, afligido. Estaba convencido de que ésa no podía ser su verdadera imagen. Tenía que haber una equivocación. Nojucon, al verlo, no pudo evitar reírse insensiblemente de su amigo pero luego le dijo:
- Parecés un payasito pero tan mal no estás.
En su segundo intento, su imagen le dio tanto miedo y tristeza que lo hizo llorar y lo dejó deprimido por un buen rato.
- No, no salimos hasta que veamos tu imagen de persona. – dijo Lolita, desafiante, trayendo de vuelta a Rekemel al presente. – ¡Dale, convertite de una vez!
- OK, está bien, ya voy. – contestó el chico, poniéndose aún más rojo. Rekemel se transformó frente a su madre y su hermana postiza (incluyendo Coyolxauhqui, la bebé, que estaba en uno de los brazos de Ingrid como si fuera un paquete de azúcar). Al ver las mujeres la transformación (la primera que Rekemel había conseguido), dieron un grito de susto pero luego se rieron al ver que el chico se había puesto tan rojo como un pimiento.
- ¡No griten! – pidió, angustiado. – ¿Tan mal me veo?
- Sí, parecés un payaso – respondió Lolita con sincera crueldad y sin evitar contener una carcajada.
- Aunque, si salís así, no creo que la gente te mire tan mal. – replicó Ingrid conteniendo la risa por compasión.
Ahora que podía cambiar de imagen, Rekemel también se tenía que cambiar el nombre por si acaso. Fue toda una revolución la que se hizo en la casa para elegir el nombre del nuevo personaje hasta que éste gritó, finalmente:
- Nunca me voy a convertir en humano así que tenemos todo el tiempo del mundo para decidir.
- ¡Oh, dale, nene, no seás malo! – replicó Lolita, ofendida. Ella se divertía mucho viendo a Rekemel convertido en humano.
- Che, - le preguntó Nojucon, entonces. - ¿Ya te empezaste a acordar de algo? Tu imagen… ¿no te sirve para acordarte de quién eras? – El hombre se notaba un tanto preocupado. - ¿De tu papá? ¿De tu mamá?
- No, no me acuerdo nada de nada. – respondió Rekemel, aparentando angustia. De seguro nada bueno había pasado en su pasado y por eso lo mejor era no recordar. Se sentía tan bien allí con su familia que no quería complicarse la vida pensando en cosas sin importancia. De seguro recordaría pronto.
- ¿Y de esas dos personas que estaban con vos? – el semblante del chico se oscureció. ¿Quiénes eran? Si habían muerto a su lado debían haber sido muy importantes para él. – ¿Y ese anillo de diamante que tenés? ¿No tenías uno de oro, como todos los seldenes varones?
- No, no se…- respondió su amigo, sinceramente. – pero quiero averiguarlo… no me pienso quedar con la duda. – dijo el selden, decidido. – ¿donde están ahora? ¿Dónde los podré encontrar? A ésos que murieron conmigo, claro… el anillo no importa.
- En las noches. – contestó Ingrid, cebando mate y revolviendo con la bombilla como si revolviera polenta. – Aparecen algunos espíritus que dejan mensajes a los vivos antes de irse a su mundo. Si ellos tienen algo para decirte, los vas a ver. Me imagino que por lo menos te acordás de la cara, ¿No?
- No sé, espero que si los veo, los reconozca.
- ¡Yo voy con vos! – se ofreció Ingrid, preocupada. ¿Qué podía significar para Rekemel saber la verdad? ¿Qué tal oscura sería? ¿Cómo reaccionaría él? No podía ir solo. - ¿Puedo? – Nojucon la miró dubitativo y serio pero luego asintió. – ¡Ay, gracias! ¿Qué hora es? ¿A que hora vas a ir? – le preguntó Ingrid a Rekemel, saltando de felicidad como una niña pequeña.
- A las once de la noche. Cuando no haya más luces. No me vayás a dejar solo, ¿eh? – indicó Rekemel, con seriedad. En realidad, él tenía un poco de miedo de saber la verdad y quería estar con alguien que le pudiese dar palabras de aliento.
Llegada la hora de la salida, Rekemel se transformó en humano y se abrigó porque esa noche estaba helada. Nojucon se sentía un poco molesto de que su mujer lo dejara con las niñas pequeñas y rogaba porque regresaran pronto. Rekemel y su madre postiza caminaron por calles oscuras y desiertas completamente paranoicos ¿Y si alguien aprovechaba que ellos tenían la guardia baja e intentaba matarlos? Ambos temblaban de frío y de nervios y se tomaban de la mano fuertemente.
- Te transpira la mano. – dijo Ingrid, un poco asqueada.
- Sí, a vos también. – repuso su amigo, en tono acusador.
Entonces, de la nada apareció frente a ellos una hermosa diosa de ojos de miel, pelo negro como la noche y piel de leche. Tenía en una mano un bastón largo con una hermosa luna de plata en la punta. Era la diosa Cirimel, la Diosa de la Luna. En la otra mano, la diosa llevaba una caja musical que cabía en la palma de la mano, roja ornamentada con oro y joyas pequeñas. Todo el mundo se quedaba embobado al ver la bella caja pero la diosa jamás se la daba a nadie porque decía que el objeto ya tenía dueño pero nunca decía quién.
- ¿Quién es ella? – preguntó Rekemel a Ingrid, admirado porque una diosa estuviese parada justo enfrente de dos personas cualquiera.
- Es Cirimel, la Diosa de la Luna. Es una diosa buena que protege a nuestro país de las maldades de otros demonios. Todos la adoran porque con su canto trae esperanzas, abre las puertas de todos los mundos y trae también mucha paz interior.
- Es muy hermosa. – dijo Rekemel, mirándola sin poder disimular una sonrisa.
- Gracias. – dijo la Diosa, con voz grave y potente. – Tengo un regalo para vos. Nadie nunca la ha podido tocar pero espero que vos puedas. – Cirimel extendió la mano y le ofreció la caja pero, cuando Rekemel la tocó, su mano empezó a sangrar y en la cara se le abrieron unos tajos que se la desfiguraron completamente. El chico soltó la caja con desesperación y se dejó caer en el suelo, llorando de dolor y vencido por la debilidad.
Ingrid intentó levantarlo y apoyarlo sobre sus hombros para ayudarlo a regresar a casa pero su amigo oponía resistencia. La diosa desapareció sin más, al igual de la caja. Entonces, justo donde había estado Cirimel, se paró un muchacho que parecía haber salido corriendo de su casa al oír el escándalo. Rekemel había dejado de gritar pero sollozaba en silencio, descontrolado por el dolor. No sabía qué le había sucedido ni qué era esa caja pero una ola de odio hacia esa diosa le invadía el corazón.
El muchacho que acababa de llegar alzó a Rekemel en brazos y le pidió a Ingrid que lo acompañase a su casa. La mujer se hubiese negado de no haber visto, aun en la oscuridad, aquella mirada bondadosa e inocente de este extraño. Le sonrió forzadamente porque la preocupación la dominaba y siguió al extraño, corriendo porque los pasos apresurados de éste equivalían a una buena corrida de la mujer.
Capítulo 1
La Guarida
La Guarida
Año 1941
Rekemel se despertó en un lugar que no recordaba haber visto jamás. Estaba tirado en un sofá boca abajo. El mueble hubiera sido cómodo si Rekemel no se hubiese sentido tan mal. Él se encontraba en medio de un living bastante amplio pero oscuro y lleno de velas encendidas. Intentó recordar por qué estaba sangrando de pies a cabeza pero su cabeza estaba completamente vacía. ¿Lo habrían atacado en la calle para robarle? Sabía que no era un humano. No tenía manos ni pies, tenía el cuerpo cubierto de pelo, alas rotas en la espalda y una cola larga como la de los monos… era una criatura sobrenatural pero ¿Qué era? ¿Quién era? ¿De dónde había salido?
Un hombre de cabello castaño y rizado se acercó a él y le dijo, sonriendo con simpatía:
- Ya te despertaste, por fin. Qué siestita, ¿eh?
- ¿Qué hora es?
- Como las dos de la mañana. Se cortó la luz y mi esposa pensó que sería una buena ocasión para prender velas. – explicó el hombre, señalando las velas que adornaban todas las mesas y estantes de la casa. Todas las velas eran diferentes y de colores variados.
- ¿Quién soy? – inquirió Rekemel, con voz débil.
- Hasta que despertaste no eras nadie. Ahora te llamás Rekemel.
- Ya sé. Apenas abro los ojos pero desde que tengo conciencia que te oigo decirme así. – respondió la criatura, de mal modo. – ¿Y vos quien sos?
- Yo me llamo Nojucon. Y, desde ahora, voy a ser tu amigo. No quiero imponerme pero, mientras necesites de mi ayuda, es lo que te conviene. – Pese a que Nojucon sonaba amenazador, Rekemel supo que ese hombre en realidad no pretendía hacerle daño. – Y es que acá todos estamos solos en el mundo… vos también, parece.
En esa casa, todos tenían una larga historia de abandonos e infidelidades. Nojucon era la cabeza de la pequeña familia y él había sido abandonado por su primera mujer y perdido a su primer hijo de manera dolorosa. Era un hombre tan hermoso como un ángel: pelo castaño claro, ojos celestes y brillantes, figura armoniosa y llena de fuerza y una mirada que reflejaba ternura y tristeza a la vez. Para toda la familia, el padre perfecto. Como padre era tierno pero, a la vez, firme; como amigo era comprensivo y gracioso; como persona, humilde aunque inmaduro a la hora de tomar decisiones en su propia vida (le era más fácil tomar decisiones acertadas en la vida de otros).
Él había salvado al nuevo de una muerte segura y gradual después de un fatal accidente. El chico, llamado Rekemel (al que Nojucon conocía desde criatura), y una niña de ya tres años habían sido los únicos sobrevivientes. Habían aparecido tirados en el suelo muy cerca de una pareja joven (que bien podrían haber sido los hermanos mayores de Rekemel). La pequeña había salido ilesa pero Rekemel estaba herido de muerte y fue Nojucon junto con su nueva esposa quienes le devolvieron la vida.
La esposa de Nojucon se llamaba Ingrid Lacriva y era una mujer muy extrovertida. Siempre se reía y adoraba vestirse muy coqueta. Su cabellera rubia y rizada y su piel de leche la hacían ver como una estrella de cine y su humildad sólo se mostraba dentro de la casa. Ella decía que se vestía así sólo para su marido y, cuando salía, se vestía de forma que no llamara la atención (así le habían enseñado sus padres, a dar lo mejor sólo a los que amaba). Era de naturaleza caprichosa pero jamás se había convertido enana molestia verdadera ya que todos adoraban ayudarla y estar a su servicio. No era una madre común más que para su pequeña hija bebé a quien le dedicaba toda su dulzura (aunque, a veces, cuando la enérgica niña la cansaba, se la daba a otro). La mayor dolencia de ella había sido dejar a toda su familia por culpa de su inclinación y caprichos pasionales que habían dominado a la razón, en su juventud. Ahora, sin embargo, estaba feliz porque su familia la había perdonado.
También había otras dos niñas. Una pequeña humana de tres años cuyo nombre (escrito en el cuello de su vestido) era Lolita (Dolores, en realidad). Ella había perdido a sus padres pero nadie podía decir quiénes eran porque nadie lo sabía realmente. Nojucon no se atrevía a adivinar si era hija de la pareja que había estado con la niña en el momento del accidente, si la habían secuestrado o simplemente la habían encontrado abandonada al igual que él (Nojucon). Lolita era una niña rubia de ojos pequeños y cara delgada, piel trigueña, ojos color café; y figura alta y delgada. Su mirada era feroz, su carácter altivo y su personalidad mucho más caprichosa que Ingrid (tanto que sólo ella soportaba a la pequeña y podía mantenerla contenta). Luego estaba Coyolxauhqui, la hija de Nojucon y Lacriva, quien aún era un bebé y había ayudado misteriosamente a devolverle la vida a Rekemel pero aún no podía recuperar completamente su salud.
Rekemel era quien, según Nojucon, tenía la historia más oscura y triste pero Ingrid opinaba que el muchacho, por ser sólo un joven, no podía dar su vida como una cosa trágica. Rekemel no recordaba nada de su vida pasada más que un horrible rostro putrefacto y lleno de maldad que le había transmitido su odio como un veneno fuerte del que nadie se recuperaba. Sin embargo, el muchacho no sabía siquiera qué ni a quién odiaba tanto así que aquella persona no significaba nada para él. El “muchacho” (Rekemel) aún no tomaba forma humana y se veía como una criatura muy rara. Era del tamaño de un conejo, tenía un espeso pelaje color marrón rojizo que lo hacía parecer gordo, unas patas cortas pero parecidas a la de los tigres, alas de dragón, panza blanca medio amarilla, nariz de perro y una cola como la de los monos con punta de flecha (pero sin filo) adornada por un grueso anillo de diamante azul. Pero eran sus grandes ojos del mismo color que el diamante los que hacían que toda su anormalidad cobrara belleza.
En el mundo donde vivía esta extraña familia, todo era mágico. No había ser que pisara ese mundo y no tuviera una gota de magia en la sangre y no era casualidad que allí reinara la belleza. Quien quería, podía quitarse unos años, resaltar su mejor virtud (si tenía nariz larga y ganchuda, resaltaba su sonrisa de blancos dientes; si su pelo era crespo y estaba siempre enmarañado, lo disimulaba embelleciendo su rostro) o hacer lo imposible por no ser catalogado de feo. Poca gente realmente dejaba que las vicisitudes les pasaran por encima. Embellecerse de una vez en forma permanente no costaba nada y, aunque las modas cambiaban y la gente menos (o para nada) superficial se quedaba atrás, una vez hecho un cambio acorde a su edad, no era necesario seguir siempre las tendencias. En ese mundo, los lentes eran cosa común entre los que tenían miedo de que les curaran mal los ojos o los que creían que no usarlos era cosa de superficiales.
Este mundo se llamaba Ciasdonimigia y estaba poblado por todo tipo de criaturas (la gran mayoría, dotada de inteligencia cuasi humana como premio por su fidelidad al hombre; a excepción de los animales que servían para proveer alimento ya que a éstos nadie les había podido dar la inteligencia necesaria para reclamar). Los seres más parecidos a los humanos (aparte de las sirenas, hadas, centauros, faunos y esfinges – bastante raras por esos lugares) eran los llamados seldenes: criaturas que tenían el poder de convertirse en cualquier otra pero que tenían figura propia (ésta era la de Rekemel). Eran los seres más complejos creados por los mismos seres humanos pero no estaban perfeccionados aún. En ese mundo había diez variaciones distintas de esta especie, cuya descendencia era cuidadosamente seguida por científicos y doctores. Los especímenes eran escasos todavía puesto que los experimentos anteriores habían fracasado y los doctores habían tenido que matarlos ya fuera por compasión (los cincuenta primeros), por la agresividad de los mismos experimentos o por su compulsiva obediencia indiscriminada que los convertía en traidores (cualquiera podía ser su amo y el seldén podía responder a más de cien amos distintos porque obedecían cada orden que se les daba).
Tanto Rekemel como Lacriva, Nojucon y su hija eran seldenes de las variaciones más perfeccionadas (las que tenían discernimiento propio). Los tres tenían la capacidad de tomar forma humana pero sólo Nojucon, Ingrid y la pequeña de un mes tenían esa forma. Rekemel había perdido la capacidad en el accidente pero, ahora que estaba curado, pensaba intentarlo. La especie Seldén era una creación humana fruto de cien experimentos (hasta ese momento) en el intento de crear a un humano perfecto al cual las enfermedades y venenos no pudieran matar pero las cosas se les habían ido de las manos completamente. Los primeros experimentos simplemente no habían funcionado, los que seguían presentaban defectos imperdonables y cada perfeccionamiento presentaba un problema mayor que el anterior. Finalmente, los diez últimos experimentos fueron los únicos que pudieron ser introducidos a la sociedad (no sin consecuencias desastrosas). Nojucon era descendiente del último y Lacriva de otro inmediatamente anterior. Sus defectos se manifestaban en su personalidad impulsiva y excesivamente pasional.
Año 1938
Un puñal en el corazón, cortaduras en todo el cuerpo, otro puñal en la espalda y todo se volvió confuso. ¿Quién había sido? ¿Qué sucedía? ¿Por qué corrían y gritaban todos? Dos personas corrieron hacia el muchacho que alucinaba y se caía dominado por el dolor en la espalda y en el corazón. Los brazos que intentaban mantenerlo en pie parecían de chicas, a juzgar por las voces.
- ¡No! ¡No! ¡No puede ser! ¡No puede ser! – sollozaba el chico, desconsolado mientras veía a todos alejarse y sentía a esas chicas retenerlo para que no saliera tras la gente.
- No, mi amor, no puede ser… - decía la voz aguda de una de las chicas.
- Tranquilizate que te nos desmayás.
- ¡Quiero verla! ¡Quiero verla! – muchacho se dejó caer en el suelo, vencido por la debilidad y la desesperación.
- Llorá, si querés, llorá que te hace bien – pero el chico finalmente perdió la conciencia y amaneció en un manicomio que, en lugar de “devolverle la cordura” (que supuestamente había perdido a causa de la confusión) lo enloqueció.
La chica a la que el muchacho daba por muerta huyó de la escena porque tenía miedo de él pero, en el camino, un hombre lleno de crueldad que quería que ella ya no volviese a reunirse con su amado para que éste perdiera su preciada alma, la regresó a su más temprana juventud: a ser un bebé.
Luego de buscarla por cielo y tierra, sus padres hallaron a la niña y la recogieron. Catalina, su hermana que ya tenía veinticuatro años, supo que en esa casa ya no había lugar para ella así decidió casarse con un hombre llamado Marcelo hacer su vida. Adoptó a una pequeña y se marchó para hacer lo que su madre jamás le hubiera permitido.
Así, la señora Helena Ruiz (la madre de Catalina) cuidó de su hija bebé pero decidió que, para protegerla, le cambiaría el nombre y también el apellido. No quería volver a relacionarse con la familia del muchacho culpable de las desgracias de su hija menor. Le puso el nombre de Thelma Giardino y se prometió decirle la verdad cuando ésta fuese mayor y pudiese asumirla con responsabilidad. En absoluto le sorprendió a la mujer descubrir que, a los cuatro años, Thelma volviera a ser la misma de antes de morir y que empezara a recordar toda su vida pasada. Fue así como Helena convenció a la pequeña para que tomara una poción que la hiciese verse completamente diferente de lo que era en la realidad…
Año 1941
- Bueno, ya es hora de que tomes tu apariencia humana. – le dijo Ingrid, quien acababa de llegar al living de la casa. Estaba ansiosa por ver cómo se veía el muchacho. – ¿Creés que vas a poder?
- No sé, voy a tratar… pero, ¿ustedes no salían? – inquirió Rekemel, poniéndose colorado. Él había intentado convertirse en humano cuando sólo Nojucon lo veía y sólo había logrado convertirse en un niño de nueve años, con el pelo largo ondulado de color castaño oscuro (y bastante rebelde), tez trigueña pero pálida, mejillas rechonchas y cara redonda y figura igualmente regordeta. Debajo de sus ojos grandes, negros y redondos, tenía unas bolsas que Rekemel no conseguía borrar y tenía unas cicatrices por casi todo el cuerpo que tampoco podían ocultarse bien.
- ¡Eh, no vale! ¡Soy gordo! – Se lamentó mirándose en el espejo, afligido. Estaba convencido de que ésa no podía ser su verdadera imagen. Tenía que haber una equivocación. Nojucon, al verlo, no pudo evitar reírse insensiblemente de su amigo pero luego le dijo:
- Parecés un payasito pero tan mal no estás.
En su segundo intento, su imagen le dio tanto miedo y tristeza que lo hizo llorar y lo dejó deprimido por un buen rato.
- No, no salimos hasta que veamos tu imagen de persona. – dijo Lolita, desafiante, trayendo de vuelta a Rekemel al presente. – ¡Dale, convertite de una vez!
- OK, está bien, ya voy. – contestó el chico, poniéndose aún más rojo. Rekemel se transformó frente a su madre y su hermana postiza (incluyendo Coyolxauhqui, la bebé, que estaba en uno de los brazos de Ingrid como si fuera un paquete de azúcar). Al ver las mujeres la transformación (la primera que Rekemel había conseguido), dieron un grito de susto pero luego se rieron al ver que el chico se había puesto tan rojo como un pimiento.
- ¡No griten! – pidió, angustiado. – ¿Tan mal me veo?
- Sí, parecés un payaso – respondió Lolita con sincera crueldad y sin evitar contener una carcajada.
- Aunque, si salís así, no creo que la gente te mire tan mal. – replicó Ingrid conteniendo la risa por compasión.
Ahora que podía cambiar de imagen, Rekemel también se tenía que cambiar el nombre por si acaso. Fue toda una revolución la que se hizo en la casa para elegir el nombre del nuevo personaje hasta que éste gritó, finalmente:
- Nunca me voy a convertir en humano así que tenemos todo el tiempo del mundo para decidir.
- ¡Oh, dale, nene, no seás malo! – replicó Lolita, ofendida. Ella se divertía mucho viendo a Rekemel convertido en humano.
- Che, - le preguntó Nojucon, entonces. - ¿Ya te empezaste a acordar de algo? Tu imagen… ¿no te sirve para acordarte de quién eras? – El hombre se notaba un tanto preocupado. - ¿De tu papá? ¿De tu mamá?
- No, no me acuerdo nada de nada. – respondió Rekemel, aparentando angustia. De seguro nada bueno había pasado en su pasado y por eso lo mejor era no recordar. Se sentía tan bien allí con su familia que no quería complicarse la vida pensando en cosas sin importancia. De seguro recordaría pronto.
- ¿Y de esas dos personas que estaban con vos? – el semblante del chico se oscureció. ¿Quiénes eran? Si habían muerto a su lado debían haber sido muy importantes para él. – ¿Y ese anillo de diamante que tenés? ¿No tenías uno de oro, como todos los seldenes varones?
- No, no se…- respondió su amigo, sinceramente. – pero quiero averiguarlo… no me pienso quedar con la duda. – dijo el selden, decidido. – ¿donde están ahora? ¿Dónde los podré encontrar? A ésos que murieron conmigo, claro… el anillo no importa.
- En las noches. – contestó Ingrid, cebando mate y revolviendo con la bombilla como si revolviera polenta. – Aparecen algunos espíritus que dejan mensajes a los vivos antes de irse a su mundo. Si ellos tienen algo para decirte, los vas a ver. Me imagino que por lo menos te acordás de la cara, ¿No?
- No sé, espero que si los veo, los reconozca.
- ¡Yo voy con vos! – se ofreció Ingrid, preocupada. ¿Qué podía significar para Rekemel saber la verdad? ¿Qué tal oscura sería? ¿Cómo reaccionaría él? No podía ir solo. - ¿Puedo? – Nojucon la miró dubitativo y serio pero luego asintió. – ¡Ay, gracias! ¿Qué hora es? ¿A que hora vas a ir? – le preguntó Ingrid a Rekemel, saltando de felicidad como una niña pequeña.
- A las once de la noche. Cuando no haya más luces. No me vayás a dejar solo, ¿eh? – indicó Rekemel, con seriedad. En realidad, él tenía un poco de miedo de saber la verdad y quería estar con alguien que le pudiese dar palabras de aliento.
Llegada la hora de la salida, Rekemel se transformó en humano y se abrigó porque esa noche estaba helada. Nojucon se sentía un poco molesto de que su mujer lo dejara con las niñas pequeñas y rogaba porque regresaran pronto. Rekemel y su madre postiza caminaron por calles oscuras y desiertas completamente paranoicos ¿Y si alguien aprovechaba que ellos tenían la guardia baja e intentaba matarlos? Ambos temblaban de frío y de nervios y se tomaban de la mano fuertemente.
- Te transpira la mano. – dijo Ingrid, un poco asqueada.
- Sí, a vos también. – repuso su amigo, en tono acusador.
Entonces, de la nada apareció frente a ellos una hermosa diosa de ojos de miel, pelo negro como la noche y piel de leche. Tenía en una mano un bastón largo con una hermosa luna de plata en la punta. Era la diosa Cirimel, la Diosa de la Luna. En la otra mano, la diosa llevaba una caja musical que cabía en la palma de la mano, roja ornamentada con oro y joyas pequeñas. Todo el mundo se quedaba embobado al ver la bella caja pero la diosa jamás se la daba a nadie porque decía que el objeto ya tenía dueño pero nunca decía quién.
- ¿Quién es ella? – preguntó Rekemel a Ingrid, admirado porque una diosa estuviese parada justo enfrente de dos personas cualquiera.
- Es Cirimel, la Diosa de la Luna. Es una diosa buena que protege a nuestro país de las maldades de otros demonios. Todos la adoran porque con su canto trae esperanzas, abre las puertas de todos los mundos y trae también mucha paz interior.
- Es muy hermosa. – dijo Rekemel, mirándola sin poder disimular una sonrisa.
- Gracias. – dijo la Diosa, con voz grave y potente. – Tengo un regalo para vos. Nadie nunca la ha podido tocar pero espero que vos puedas. – Cirimel extendió la mano y le ofreció la caja pero, cuando Rekemel la tocó, su mano empezó a sangrar y en la cara se le abrieron unos tajos que se la desfiguraron completamente. El chico soltó la caja con desesperación y se dejó caer en el suelo, llorando de dolor y vencido por la debilidad.
Ingrid intentó levantarlo y apoyarlo sobre sus hombros para ayudarlo a regresar a casa pero su amigo oponía resistencia. La diosa desapareció sin más, al igual de la caja. Entonces, justo donde había estado Cirimel, se paró un muchacho que parecía haber salido corriendo de su casa al oír el escándalo. Rekemel había dejado de gritar pero sollozaba en silencio, descontrolado por el dolor. No sabía qué le había sucedido ni qué era esa caja pero una ola de odio hacia esa diosa le invadía el corazón.
El muchacho que acababa de llegar alzó a Rekemel en brazos y le pidió a Ingrid que lo acompañase a su casa. La mujer se hubiese negado de no haber visto, aun en la oscuridad, aquella mirada bondadosa e inocente de este extraño. Le sonrió forzadamente porque la preocupación la dominaba y siguió al extraño, corriendo porque los pasos apresurados de éste equivalían a una buena corrida de la mujer.
Continuará...
Entrada al mundo de los locos
Hola! Este es el mundo donde todos están locos y no vale la pena buscar con lógica la razón por la cual éste hace esto y lo otro. Por qué dice sí cuando quiere decir no, por qué lo primero que le sale a aquel chico es mentir nomás para complicar su propia existencia y creerse él mismo sus mentiras... en fin. Éste es un blog de novelas (escritas por la que les habla) donde el mundo que habitan no tiene explicación lógica y "donde están todos locos". Si alguno tiene una crítica que hacer, bienvenida sea (siempre que no incluya puteadas sin motivo).
Y, por fin... ¡A volverse locos!
Y, por fin... ¡A volverse locos!
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