miércoles, 20 de mayo de 2009

Capítulo 1 parte 2

Acá va la segunda parte, por si les interesa. Se llama:

El Hijo perdido


Ingrid intentó levantarlo y apoyarlo sobre sus hombros para ayudarlo a regresar a casa pero su amigo oponía resistencia. La diosa desapareció sin más, al igual de la caja pero, justo donde estaba ella se paró un muchacho que parecía haber salido corriendo de su casa al oír el escándalo. Rekemel había dejado de gritar pero sollozaba en silencio, descontrolado por el dolor. No sabía qué le había sucedido ni qué era esa caja pero una ola de odio hacia esa diosa le invadía el corazón.
El muchacho que acababa de llegar alzó a Rekemel en brazos y le pidió a Ingrid que lo acompañase a su casa. La mujer se hubiese negado de no haber visto, aun en la oscuridad, aquella mirada bondadosa e inocente de este extraño. Le sonrió forzadamente porque la preocupación la dominaba y siguió al extraño, corriendo porque los pasos apresurados de éste equivalían a una buena corrida de la pequeña.
- ¿Cómo te llamás? – preguntaba el chico extraño a la pequeña víctima.
- Re… Rekemel – respondió la criatura, con dificultad y parando por fin de sollozar. - ¿Vos… vos quién sos?
- Ren, ¿Te duele mucho? – preguntaba la mujer a su amigo. El extraño, que se había parado para sacar la llave de su casa y abrir la puerta, se sorprendió al oír este apodo. - ¿Por qué le decís Ren? ¿No se llama Rekemel? Es decir… el nombre no tiene ninguna “n”. – replicaba mientras recostaba a la víctima en una cama vacía y le quitaba la ropa rápidamente hasta dejarle sólo un pantaloncillo.
- Bueno… No se me ocurrió otro apodo pero… ¿Eso qué importa? ¿Sabés cómo curarlo o no? – Repuso Ingrid, un poco irritada por la pregunta impertinente. El dueño de casa se sonrojó ligeramente y asintió sin mirarla a los ojos. Salió del cuarto y a los diez minutos apareció con un frasco lleno de una sustancia caliente y maloliente. Rekemel hizo una arcada pero su salvador no hizo caso y empezó a poner esa cosa viscosa en todas las heridas. Nuevas lágrimas de dolor salieron de los ojos del herido (que estaba casi cubierto de esa especie de ungüento).
- Me llamo Elihov. Ned Elihov Torres Toltucam. – se presentó, por fin, el dueño de casa. No había hablado mientras colocaba la cosa en las heridas de Rekemel porque había estado demasiado nervioso y preocupado por aliviar el dolor de su huésped inesperado. - ¿Pero en serio vos no sabés curar heridas?
- ¡Bueno, flaco, vos me ganaste de mano, ¿viste? – empezó a decir Ingrid y, de pronto, abrió los ojos como platos - ¡¿Te llamás Toltucam?! – Ni Rekemel ni el tal Elihov pudo imaginar qué pasaba por la cabeza de Ingrid Lacriva.
- Tranquilizate, no soy el que hizo todo este alboroto. ¿Tengo cara de ser un ser cruel y despiadado? – el rubor de las mejillas de Elihov se intensificó. Ingrid negó con la cabeza pero seguía sin comprender qué significaba esa increíble coincidencia.
- Perdoná. Toltucam, el anterior a éste, era mi papá… - Elihov enrojeció aún más. – pero no fue siempre así. Cuando yo era chico, él era el mejor papá del mundo pero mi mamá le hacía la vida imposible. Lo odiaba y siempre le era infiel.
- ¿Y cuántos años tenés vos?
- Muchos más que tu amigo, te lo aseguro. Cuando cumplí catorce, mi madre nos separó definitivamente. Yo desperté un día en la casa de mi abuelo materno pero ella murió. Poco tiempo después, supe del dolor de papá y quise volver pero mi abuelo me dijo que era mala idea, que mi papá debía aprender de sus errores y… - los ojos de Elihov se humedecieron y hasta Rekemel, que tenía los ojos semi cerrados, pudo notarlo. – y me quedé… entonces, mi papá se volvió loco del dolor y de la injusticia que habíamos cometido contra él y se convirtió en Toltucam… yo me moría por volver y pararlo pero tenía miedo de que no me reconociera o me odiara tanto por no haberlo buscado antes que… - el dueño de la casa también prorrumpió en sollozos pero ni Ingrid ni Rekemel se sintieron incómodos. La mujer abrazó al extraño, con ternura y le dijo que, si no quería continuar, que no era necesario. – que se hubiese decidido a provocar sufrimiento… y lo abandoné. Después, el tiempo pasó y mientras más días pasaban, más vergüenza me daba volver con él… vi su vida transcurrir, desde lejos y siento que ya es demasiado tarde para hablar… que lo mejor va a ser que nunca sepa que estoy vivo…
- Y vos… ¿Por qué nos contás todo esto? – preguntó, al fin, Ingrid, sintiendo un nudo en la garganta y palideciendo.
- Sí, es raro que alguien que no nos conoce, desde el principio, nos cuente toda su historia. – repuso Rekemel, tapándose ahora que sentía que todo el ungüento estaba seco. El otro chico se puso de un rojo brillante y admitió que en realidad no sabía bien por qué contaba todo eso.
- Pero no te pongas colorado – le dijo la hermosa dama, riéndose. – No nos molesta y además podríamos ser amigos. Nojucon se va a poner re contento de tener un amigo nuevo.
- No, no, yo ya tengo a mi familia. Mi esposa, que es el amor de mi vida, conoce todo lo que me pasó y está conmigo siempre (ahora duerme) y tengo hijos que cuidar… - se opuso Elihov, sin recuperar el color pero notablemente en desacuerdo con la idea. – Creo que ya estás mejor, Rekemel, podés sacarte las cáscaras y vas a ver que abajo no te queda ni la cicatriz… y después vayan a seguir lo que hacían.
Mientras Rekemel se sacaba en el baño el ungüento seco que ya no tenía olor y luego se ponía de vuelta la ropa, Ingrid contemplaba admirada la belleza del ángel salvador de Rekemel: aunque tenía la cara roja como un pimiento y los ojos hinchados, éstos brillaban como si Dios hubiese salpicado estrellas en ellos. Su piel morena era sólo signo de la vida dura que había llevado y del esfuerzo que había costado construir (o conseguir) su bella casa y una familia que no debía parecerse en nada a aquélla de su triste infancia. Había sido el aspecto agradable de Elihov el que había provocado que tanto Ingrid como Rekemel sintiesen ternura por él.
- Vamos, “ma”, ya molestamos demasiado. – dijo Rekemel, una vez que salió del baño todo vestido y abrigado. – y un pibe al que ni conozco me vio casi desnudo. No necesito pasar más vergüenza, creo. – rió, animado. – gracias por tu ayuda. Espero volver a verte. – Se despidieron los huéspedes mientras el dueño los escoltaba nerviosa pero cálidamente hacia la salida y cerraba la puerta detrás de ellos.
- Ese chico me hacía acordar a vos. – comentó Ingrid, sonrojándose (aunque, en el fondo, ella pensaba en alguien más). – Era re sensible, ¿viste? Me dio como ternura y lástima verlo tan triste y por eso lo abracé. La verdad es que yo no creo que él haya sido hijo de un demonio. Para mí que se confundió y le hicieron creer que su papá era aquel monstruo al que todos odian para no decirle que al tipo le había pasado algo muy triste. Capaz que lo mataron o también le hicieron creer cualquiera para que no lo fuera a buscar.
- ¿Vos lo decís porque era muy parecido a Nojucon? – Rekemel sintió un nudo en la garganta al darse cuenta de que había sacado a luz sus sospechas. Ya había visto a su gran amigo sollozar por su hijo perdido “solamente tenía catorce años… estaba enamorado… tenía la piel morena de su madre y el cabello castaño… sonreía siempre… era tan inteligente y tan dulce, tan inocente…”. El sufrimiento de Nojucon se había convertido en el de toda la casa (sin que invadiera la vida de nadie ya que ni siquiera Nojucon se dejaba ganar por la angustia).
- Claro, sus historias coinciden y los dos quieren volver a verse. – los ojos de Ingrid brillaban intensamente.
- Y… no sé si ese tal Elihov tenga tantas ganas de verlo. ¿Viste cómo se puso cuando le hablamos de Nojucon? – Rekemel no quería hacerse ilusiones respecto del tema del encuentro emotivo. – Si es que de verdad son padre e hijo, es evidente que Elihov sabe que Nojucon es su papá.
- Mirá, ya estamos llegando. – anunció Ingrid, señalando el portal del cementerio, extrañamente abierto. Todo el mundo sabía que ese portal de rejas evitaba que los espíritus (sobre todo, los malvados y los locos) escapasen del lugar y empezasen a molestar a la gente.
Entonces, Ingrid señaló a una pareja que también reía y hablaba animadamente y cuyos rostros eran idénticos a los de las personas que habían muerto en el accidente que habían sufrido junto a Rekemel y a Lolita (la niña pequeña y mañosa como Ingrid). La pareja miró a los dos visitantes y les pidió que se acercaran. Rekemel y su amiga se acercaron a la pareja, tímidamente y tomados del brazo fuertemente. Ingrid arrastraba al chico con violencia haciéndolo tropezar.
- Vamos, acérquense más, queremos verlos. – les dijo el hombre. Cuando la mujer y el niño estuvieron cerca, la pareja no pudo evitar soltar una carcajada entre burlona y alegre al ver a Rekemel con una imagen tan extraña. El muchacho se sonrojó y bajó la cabeza, avergonzado. ¿Había sido más que eso en el pasado? – ¿Qué te pasó? Te ves tan… patético.
- No sé ni quiero saber. No quiero saber nada de mi vida, solamente quiero saber quiénes son ustedes y qué tienen para decirme. – respondió Rekemel, ofendido por aquel insulto.
- Bueno, no te enojes. – respondió la mujer, con dulzura. – No creo que tenga sentido hablar con alguien que nos desconoce. Pero sí tenemos una profecía para vos. O dos…
- ¿Pero por qué eran tan importantes para mí?
- No vale la pena. No somos importantes para vos. – respondió el hombre, serio. Rekemel se mordió el labio inferior y no dijo nada. Estaba decepcionado. Él esperaba encontrar a viejos amigos, no a aparentes desconocidos.
- Alguien está a punto de salir de adentro de vos. Alguien que poco conoce de amor y lo poco que conoce, desprecia. Alguien que no puede amar y por eso envidia a los que pueden, que no puede verlos felices pero que daría la vida porque alguien se lo diera. Este alguien será cruel, despiadado, desconfiado, descorazonado, despechado, miserable, astuto, autoritario, frío y sádico. Intentará quitarte la libertad con medios casi infalibles pero tendrá una debilidad: aún tiene un poco de corazón que envía sangre a sus venas. Para destruir a ese ser, será necesario completar su corazón. – contó el hombre, con la misma seriedad.
- La otra es que en el futuro hallarás a una persona que será tu promesa de libertad. Será diminuta e inofensiva. Deberás cuidarla porque será frágil de cuerpo y débil de personalidad pero su espíritu será tan fuerte que nada de lo que hagas lo dañará de por vida. Lo vas a querer mucho y permanecerás a su lado como su eterno padre y fiel amigo. Él te liberará de la sombra que te persigue y a ambos les abrirá la puerta a lo que más desean en el mundo. – anunció la mujer, con alegría.
- ¿Pero qué? ¿Seremos personas distintas? – inquirió Rekemel, asustado pero los espíritus se habían esfumado sin decir siquiera sus nombres. El chico miró a su amiga y le dijo con vos ronca: - vámonos, este lugar me da miedo. – y los dos amigos salieron del cementerio tomados fuertemente del brazo. Desde que habían hablado por primera vez, sabían que había una especie de química típica de madre e hijo. No se sentían incómodos ni comprometidos tomándose de la mano. No había más sentimientos entre ellos que los de una profunda hermandad.
Mientras caminaban por las calles oscuras, un viento helado les calaba los huesos y les hacía lagrimear los ojos.
- bueno, ahora no vamos a tener que decirle a Nojucon que lloré, ¿no? – bromeó Rekemel, cuando llegaron a la puerta de la casa.
No llegaron a golpear cuando Nojucon les abrió la puerta, con la cara pálida como la cera. Sólo él sabía que los había seguido y, al oír los gritos de Rekemel, se le había nublado la vista por culpa de una extraña oscuridad y había tenido que regresar antes de quedarse ciego.
- ¿Dónde estaban? ¿Tienen idea de la hora que es? – preguntó Nojucon, angustiado.
- Mirá, a mí no me grités que yo soy grande para andar dependiendo de vos, ¿me oíste? – Gritó Rekemel con voz más ronca de lo usual y con tono más alto de lo que él mismo se hubiera permitido usar con su amigo. Al darse cuenta, se llevó la mano a la frente, avergonzado. – Perdón, yo no… no quise… ¡No me vuelvas a subir el tono! ¡Nunca! – ¿Qué sucedía? ¿Por qué decía esas cosas? ¡No era eso lo que quería decir! – No… Nojucon… no estoy enojado de verdad… no fue mi intención… ¡Y te aviso que no soy ningún tonto! ¡Sé lo que sos! ¡Sé lo que fuiste! ¡Sé todo!
De pronto, Rekemel salió corriendo del hall hacia su cama y empezó a moverse agitadamente como poseído por un espíritu. Se disculpaba pero luego agredía y después se volvía a disculpar.
- ¡Yo no soy! ¡Yo no soy, te lo juro! ¡Creeme! – aseguraba el chico, llorando desconsolado y muerto de miedo. ¿Y si perdía a su amigo por decir cosas que no sentía pero que se escapaban de su boca en contra de su voluntad?
Nojucon se dio la vuelta y salió del cuarto y se dirigió al desordenado living. Se sentó en el sillón y se llevó las manos a la cabeza, abatido. Miraba el cuarto mientras recordaba cómo había sido ese lugar hacía ya diez años: aquella sala que un día había estado desordenada y solitaria, pobremente decorada y bastante gris pese a que las paredes eran blancas. Los muebles siempre habían sido austeros. El gran sofá contra la pared donde entraba cómodamente acostado un hombre alto, ahora estaba mucho más mullido y prácticamente se había convertido en camilla de emergencia; la mesita ratona redonda había sido reemplazada por una mesa alta y redonda que ahora estaba rodeada de cómodos sillones que no pertenecían al primer juego; el espejo viejo y ennegrecido ahora se veía como un enorme y elegante espejo de la época colonial, los viejos y tristes tapizados rojos habían sido reemplazados por una alegre capa de pintura color durazno y retratos de todos miembros de la nueva familia. Todo esto le había dado una idea de que por fin tendría paz y alegría en su familia. Dos de sus tres hijos eran adoptados pero no había tenido Nojucon familia más bella que ésa. Sí había pensado en problemas como el crecimiento de las niñas o los problemas amorosos de Rekemel pero no justo “eso”…
- Yo creí que había terminado todo. – murmuró Nojucon, con la voz quebrada.
- Tranquilizate – le indicó Ingrid, su mujer, sentándose a su lado y abrazándolo. – Es un adolescente todavía, es entendible que hable sin pensar.
Lolita y Rekemel (que había vuelto a la normalidad) se escondieron tras una de las paredes que daban al living para oír lo que sucedía. Ambos temían que Nojucon se hubiese enfadado por lo que Rekemel había dicho y no volviese a hablarle. ¿Estaría maldiciéndolo o desahogándose con Ingrid? Era una cosa de especie eso de ser tan emocional. Los tres seldenes adultos eran más sensibles que cualquier otro ser humano.
- No, Ingrid, no es eso lo que tiene. Es una enfermedad… es algo hereditario… y es muy grave.

3 comentarios:

  1. escribes muy bien
    vuelvo
    pero please
    mas cortito.

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  2. "Acá va la segunda parte, por si les interesa." <--- ¿Como que si nos interesa?, compañera....por favor, ¡OBVIO que interesa!

    Por favor, escriba mas, esperamos la 3ra, 4ta, 5ta y demas partes con ansia. Tiene buena narrativa :) No nos dejes esperando mucho, por favor.

    Un saludo.

    -L.

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  3. sigue escribiendo, pinta bien.

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críticas y saludos (o uno de dos)