viernes, 8 de mayo de 2009

Toltucam (La voz que susurraba al oído)

Esta es la primera historia que voy a publicar. Espero que disfruten del primer capítulo (es un poquito largo así que se lo pueden bajar, leerlo tranquilos y después comentar)

Capítulo 1

La Guarida

Año 1941

Rekemel se despertó en un lugar que no recordaba haber visto jamás. Estaba tirado en un sofá boca abajo. El mueble hubiera sido cómodo si Rekemel no se hubiese sentido tan mal. Él se encontraba en medio de un living bastante amplio pero oscuro y lleno de velas encendidas. Intentó recordar por qué estaba sangrando de pies a cabeza pero su cabeza estaba completamente vacía. ¿Lo habrían atacado en la calle para robarle? Sabía que no era un humano. No tenía manos ni pies, tenía el cuerpo cubierto de pelo, alas rotas en la espalda y una cola larga como la de los monos… era una criatura sobrenatural pero ¿Qué era? ¿Quién era? ¿De dónde había salido?
Un hombre de cabello castaño y rizado se acercó a él y le dijo, sonriendo con simpatía:
- Ya te despertaste, por fin. Qué siestita, ¿eh?
- ¿Qué hora es?
- Como las dos de la mañana. Se cortó la luz y mi esposa pensó que sería una buena ocasión para prender velas. – explicó el hombre, señalando las velas que adornaban todas las mesas y estantes de la casa. Todas las velas eran diferentes y de colores variados.
- ¿Quién soy? – inquirió Rekemel, con voz débil.
- Hasta que despertaste no eras nadie. Ahora te llamás Rekemel.
- Ya sé. Apenas abro los ojos pero desde que tengo conciencia que te oigo decirme así. – respondió la criatura, de mal modo. – ¿Y vos quien sos?
- Yo me llamo Nojucon. Y, desde ahora, voy a ser tu amigo. No quiero imponerme pero, mientras necesites de mi ayuda, es lo que te conviene. – Pese a que Nojucon sonaba amenazador, Rekemel supo que ese hombre en realidad no pretendía hacerle daño. – Y es que acá todos estamos solos en el mundo… vos también, parece.
En esa casa, todos tenían una larga historia de abandonos e infidelidades. Nojucon era la cabeza de la pequeña familia y él había sido abandonado por su primera mujer y perdido a su primer hijo de manera dolorosa. Era un hombre tan hermoso como un ángel: pelo castaño claro, ojos celestes y brillantes, figura armoniosa y llena de fuerza y una mirada que reflejaba ternura y tristeza a la vez. Para toda la familia, el padre perfecto. Como padre era tierno pero, a la vez, firme; como amigo era comprensivo y gracioso; como persona, humilde aunque inmaduro a la hora de tomar decisiones en su propia vida (le era más fácil tomar decisiones acertadas en la vida de otros).
Él había salvado al nuevo de una muerte segura y gradual después de un fatal accidente. El chico, llamado Rekemel (al que Nojucon conocía desde criatura), y una niña de ya tres años habían sido los únicos sobrevivientes. Habían aparecido tirados en el suelo muy cerca de una pareja joven (que bien podrían haber sido los hermanos mayores de Rekemel). La pequeña había salido ilesa pero Rekemel estaba herido de muerte y fue Nojucon junto con su nueva esposa quienes le devolvieron la vida.
La esposa de Nojucon se llamaba Ingrid Lacriva y era una mujer muy extrovertida. Siempre se reía y adoraba vestirse muy coqueta. Su cabellera rubia y rizada y su piel de leche la hacían ver como una estrella de cine y su humildad sólo se mostraba dentro de la casa. Ella decía que se vestía así sólo para su marido y, cuando salía, se vestía de forma que no llamara la atención (así le habían enseñado sus padres, a dar lo mejor sólo a los que amaba). Era de naturaleza caprichosa pero jamás se había convertido enana molestia verdadera ya que todos adoraban ayudarla y estar a su servicio. No era una madre común más que para su pequeña hija bebé a quien le dedicaba toda su dulzura (aunque, a veces, cuando la enérgica niña la cansaba, se la daba a otro). La mayor dolencia de ella había sido dejar a toda su familia por culpa de su inclinación y caprichos pasionales que habían dominado a la razón, en su juventud. Ahora, sin embargo, estaba feliz porque su familia la había perdonado.
También había otras dos niñas. Una pequeña humana de tres años cuyo nombre (escrito en el cuello de su vestido) era Lolita (Dolores, en realidad). Ella había perdido a sus padres pero nadie podía decir quiénes eran porque nadie lo sabía realmente. Nojucon no se atrevía a adivinar si era hija de la pareja que había estado con la niña en el momento del accidente, si la habían secuestrado o simplemente la habían encontrado abandonada al igual que él (Nojucon). Lolita era una niña rubia de ojos pequeños y cara delgada, piel trigueña, ojos color café; y figura alta y delgada. Su mirada era feroz, su carácter altivo y su personalidad mucho más caprichosa que Ingrid (tanto que sólo ella soportaba a la pequeña y podía mantenerla contenta). Luego estaba Coyolxauhqui, la hija de Nojucon y Lacriva, quien aún era un bebé y había ayudado misteriosamente a devolverle la vida a Rekemel pero aún no podía recuperar completamente su salud.
Rekemel era quien, según Nojucon, tenía la historia más oscura y triste pero Ingrid opinaba que el muchacho, por ser sólo un joven, no podía dar su vida como una cosa trágica. Rekemel no recordaba nada de su vida pasada más que un horrible rostro putrefacto y lleno de maldad que le había transmitido su odio como un veneno fuerte del que nadie se recuperaba. Sin embargo, el muchacho no sabía siquiera qué ni a quién odiaba tanto así que aquella persona no significaba nada para él. El “muchacho” (Rekemel) aún no tomaba forma humana y se veía como una criatura muy rara. Era del tamaño de un conejo, tenía un espeso pelaje color marrón rojizo que lo hacía parecer gordo, unas patas cortas pero parecidas a la de los tigres, alas de dragón, panza blanca medio amarilla, nariz de perro y una cola como la de los monos con punta de flecha (pero sin filo) adornada por un grueso anillo de diamante azul. Pero eran sus grandes ojos del mismo color que el diamante los que hacían que toda su anormalidad cobrara belleza.
En el mundo donde vivía esta extraña familia, todo era mágico. No había ser que pisara ese mundo y no tuviera una gota de magia en la sangre y no era casualidad que allí reinara la belleza. Quien quería, podía quitarse unos años, resaltar su mejor virtud (si tenía nariz larga y ganchuda, resaltaba su sonrisa de blancos dientes; si su pelo era crespo y estaba siempre enmarañado, lo disimulaba embelleciendo su rostro) o hacer lo imposible por no ser catalogado de feo. Poca gente realmente dejaba que las vicisitudes les pasaran por encima. Embellecerse de una vez en forma permanente no costaba nada y, aunque las modas cambiaban y la gente menos (o para nada) superficial se quedaba atrás, una vez hecho un cambio acorde a su edad, no era necesario seguir siempre las tendencias. En ese mundo, los lentes eran cosa común entre los que tenían miedo de que les curaran mal los ojos o los que creían que no usarlos era cosa de superficiales.
Este mundo se llamaba Ciasdonimigia y estaba poblado por todo tipo de criaturas (la gran mayoría, dotada de inteligencia cuasi humana como premio por su fidelidad al hombre; a excepción de los animales que servían para proveer alimento ya que a éstos nadie les había podido dar la inteligencia necesaria para reclamar). Los seres más parecidos a los humanos (aparte de las sirenas, hadas, centauros, faunos y esfinges – bastante raras por esos lugares) eran los llamados seldenes: criaturas que tenían el poder de convertirse en cualquier otra pero que tenían figura propia (ésta era la de Rekemel). Eran los seres más complejos creados por los mismos seres humanos pero no estaban perfeccionados aún. En ese mundo había diez variaciones distintas de esta especie, cuya descendencia era cuidadosamente seguida por científicos y doctores. Los especímenes eran escasos todavía puesto que los experimentos anteriores habían fracasado y los doctores habían tenido que matarlos ya fuera por compasión (los cincuenta primeros), por la agresividad de los mismos experimentos o por su compulsiva obediencia indiscriminada que los convertía en traidores (cualquiera podía ser su amo y el seldén podía responder a más de cien amos distintos porque obedecían cada orden que se les daba).
Tanto Rekemel como Lacriva, Nojucon y su hija eran seldenes de las variaciones más perfeccionadas (las que tenían discernimiento propio). Los tres tenían la capacidad de tomar forma humana pero sólo Nojucon, Ingrid y la pequeña de un mes tenían esa forma. Rekemel había perdido la capacidad en el accidente pero, ahora que estaba curado, pensaba intentarlo. La especie Seldén era una creación humana fruto de cien experimentos (hasta ese momento) en el intento de crear a un humano perfecto al cual las enfermedades y venenos no pudieran matar pero las cosas se les habían ido de las manos completamente. Los primeros experimentos simplemente no habían funcionado, los que seguían presentaban defectos imperdonables y cada perfeccionamiento presentaba un problema mayor que el anterior. Finalmente, los diez últimos experimentos fueron los únicos que pudieron ser introducidos a la sociedad (no sin consecuencias desastrosas). Nojucon era descendiente del último y Lacriva de otro inmediatamente anterior. Sus defectos se manifestaban en su personalidad impulsiva y excesivamente pasional.

Año 1938

Un puñal en el corazón, cortaduras en todo el cuerpo, otro puñal en la espalda y todo se volvió confuso. ¿Quién había sido? ¿Qué sucedía? ¿Por qué corrían y gritaban todos? Dos personas corrieron hacia el muchacho que alucinaba y se caía dominado por el dolor en la espalda y en el corazón. Los brazos que intentaban mantenerlo en pie parecían de chicas, a juzgar por las voces.
- ¡No! ¡No! ¡No puede ser! ¡No puede ser! – sollozaba el chico, desconsolado mientras veía a todos alejarse y sentía a esas chicas retenerlo para que no saliera tras la gente.
- No, mi amor, no puede ser… - decía la voz aguda de una de las chicas.
- Tranquilizate que te nos desmayás.
- ¡Quiero verla! ¡Quiero verla! – muchacho se dejó caer en el suelo, vencido por la debilidad y la desesperación.
- Llorá, si querés, llorá que te hace bien – pero el chico finalmente perdió la conciencia y amaneció en un manicomio que, en lugar de “devolverle la cordura” (que supuestamente había perdido a causa de la confusión) lo enloqueció.
La chica a la que el muchacho daba por muerta huyó de la escena porque tenía miedo de él pero, en el camino, un hombre lleno de crueldad que quería que ella ya no volviese a reunirse con su amado para que éste perdiera su preciada alma, la regresó a su más temprana juventud: a ser un bebé.
Luego de buscarla por cielo y tierra, sus padres hallaron a la niña y la recogieron. Catalina, su hermana que ya tenía veinticuatro años, supo que en esa casa ya no había lugar para ella así decidió casarse con un hombre llamado Marcelo hacer su vida. Adoptó a una pequeña y se marchó para hacer lo que su madre jamás le hubiera permitido.
Así, la señora Helena Ruiz (la madre de Catalina) cuidó de su hija bebé pero decidió que, para protegerla, le cambiaría el nombre y también el apellido. No quería volver a relacionarse con la familia del muchacho culpable de las desgracias de su hija menor. Le puso el nombre de Thelma Giardino y se prometió decirle la verdad cuando ésta fuese mayor y pudiese asumirla con responsabilidad. En absoluto le sorprendió a la mujer descubrir que, a los cuatro años, Thelma volviera a ser la misma de antes de morir y que empezara a recordar toda su vida pasada. Fue así como Helena convenció a la pequeña para que tomara una poción que la hiciese verse completamente diferente de lo que era en la realidad…

Año 1941

- Bueno, ya es hora de que tomes tu apariencia humana. – le dijo Ingrid, quien acababa de llegar al living de la casa. Estaba ansiosa por ver cómo se veía el muchacho. – ¿Creés que vas a poder?
- No sé, voy a tratar… pero, ¿ustedes no salían? – inquirió Rekemel, poniéndose colorado. Él había intentado convertirse en humano cuando sólo Nojucon lo veía y sólo había logrado convertirse en un niño de nueve años, con el pelo largo ondulado de color castaño oscuro (y bastante rebelde), tez trigueña pero pálida, mejillas rechonchas y cara redonda y figura igualmente regordeta. Debajo de sus ojos grandes, negros y redondos, tenía unas bolsas que Rekemel no conseguía borrar y tenía unas cicatrices por casi todo el cuerpo que tampoco podían ocultarse bien.
- ¡Eh, no vale! ¡Soy gordo! – Se lamentó mirándose en el espejo, afligido. Estaba convencido de que ésa no podía ser su verdadera imagen. Tenía que haber una equivocación. Nojucon, al verlo, no pudo evitar reírse insensiblemente de su amigo pero luego le dijo:
- Parecés un payasito pero tan mal no estás.
En su segundo intento, su imagen le dio tanto miedo y tristeza que lo hizo llorar y lo dejó deprimido por un buen rato.
- No, no salimos hasta que veamos tu imagen de persona. – dijo Lolita, desafiante, trayendo de vuelta a Rekemel al presente. – ¡Dale, convertite de una vez!
- OK, está bien, ya voy. – contestó el chico, poniéndose aún más rojo. Rekemel se transformó frente a su madre y su hermana postiza (incluyendo Coyolxauhqui, la bebé, que estaba en uno de los brazos de Ingrid como si fuera un paquete de azúcar). Al ver las mujeres la transformación (la primera que Rekemel había conseguido), dieron un grito de susto pero luego se rieron al ver que el chico se había puesto tan rojo como un pimiento.
- ¡No griten! – pidió, angustiado. – ¿Tan mal me veo?
- Sí, parecés un payaso – respondió Lolita con sincera crueldad y sin evitar contener una carcajada.
- Aunque, si salís así, no creo que la gente te mire tan mal. – replicó Ingrid conteniendo la risa por compasión.
Ahora que podía cambiar de imagen, Rekemel también se tenía que cambiar el nombre por si acaso. Fue toda una revolución la que se hizo en la casa para elegir el nombre del nuevo personaje hasta que éste gritó, finalmente:
- Nunca me voy a convertir en humano así que tenemos todo el tiempo del mundo para decidir.
- ¡Oh, dale, nene, no seás malo! – replicó Lolita, ofendida. Ella se divertía mucho viendo a Rekemel convertido en humano.
- Che, - le preguntó Nojucon, entonces. - ¿Ya te empezaste a acordar de algo? Tu imagen… ¿no te sirve para acordarte de quién eras? – El hombre se notaba un tanto preocupado. - ¿De tu papá? ¿De tu mamá?
- No, no me acuerdo nada de nada. – respondió Rekemel, aparentando angustia. De seguro nada bueno había pasado en su pasado y por eso lo mejor era no recordar. Se sentía tan bien allí con su familia que no quería complicarse la vida pensando en cosas sin importancia. De seguro recordaría pronto.
- ¿Y de esas dos personas que estaban con vos? – el semblante del chico se oscureció. ¿Quiénes eran? Si habían muerto a su lado debían haber sido muy importantes para él. – ¿Y ese anillo de diamante que tenés? ¿No tenías uno de oro, como todos los seldenes varones?
- No, no se…- respondió su amigo, sinceramente. – pero quiero averiguarlo… no me pienso quedar con la duda. – dijo el selden, decidido. – ¿donde están ahora? ¿Dónde los podré encontrar? A ésos que murieron conmigo, claro… el anillo no importa.
- En las noches. – contestó Ingrid, cebando mate y revolviendo con la bombilla como si revolviera polenta. – Aparecen algunos espíritus que dejan mensajes a los vivos antes de irse a su mundo. Si ellos tienen algo para decirte, los vas a ver. Me imagino que por lo menos te acordás de la cara, ¿No?
- No sé, espero que si los veo, los reconozca.
- ¡Yo voy con vos! – se ofreció Ingrid, preocupada. ¿Qué podía significar para Rekemel saber la verdad? ¿Qué tal oscura sería? ¿Cómo reaccionaría él? No podía ir solo. - ¿Puedo? – Nojucon la miró dubitativo y serio pero luego asintió. – ¡Ay, gracias! ¿Qué hora es? ¿A que hora vas a ir? – le preguntó Ingrid a Rekemel, saltando de felicidad como una niña pequeña.
- A las once de la noche. Cuando no haya más luces. No me vayás a dejar solo, ¿eh? – indicó Rekemel, con seriedad. En realidad, él tenía un poco de miedo de saber la verdad y quería estar con alguien que le pudiese dar palabras de aliento.
Llegada la hora de la salida, Rekemel se transformó en humano y se abrigó porque esa noche estaba helada. Nojucon se sentía un poco molesto de que su mujer lo dejara con las niñas pequeñas y rogaba porque regresaran pronto. Rekemel y su madre postiza caminaron por calles oscuras y desiertas completamente paranoicos ¿Y si alguien aprovechaba que ellos tenían la guardia baja e intentaba matarlos? Ambos temblaban de frío y de nervios y se tomaban de la mano fuertemente.
- Te transpira la mano. – dijo Ingrid, un poco asqueada.
- Sí, a vos también. – repuso su amigo, en tono acusador.
Entonces, de la nada apareció frente a ellos una hermosa diosa de ojos de miel, pelo negro como la noche y piel de leche. Tenía en una mano un bastón largo con una hermosa luna de plata en la punta. Era la diosa Cirimel, la Diosa de la Luna. En la otra mano, la diosa llevaba una caja musical que cabía en la palma de la mano, roja ornamentada con oro y joyas pequeñas. Todo el mundo se quedaba embobado al ver la bella caja pero la diosa jamás se la daba a nadie porque decía que el objeto ya tenía dueño pero nunca decía quién.
- ¿Quién es ella? – preguntó Rekemel a Ingrid, admirado porque una diosa estuviese parada justo enfrente de dos personas cualquiera.
- Es Cirimel, la Diosa de la Luna. Es una diosa buena que protege a nuestro país de las maldades de otros demonios. Todos la adoran porque con su canto trae esperanzas, abre las puertas de todos los mundos y trae también mucha paz interior.
- Es muy hermosa. – dijo Rekemel, mirándola sin poder disimular una sonrisa.
- Gracias. – dijo la Diosa, con voz grave y potente. – Tengo un regalo para vos. Nadie nunca la ha podido tocar pero espero que vos puedas. – Cirimel extendió la mano y le ofreció la caja pero, cuando Rekemel la tocó, su mano empezó a sangrar y en la cara se le abrieron unos tajos que se la desfiguraron completamente. El chico soltó la caja con desesperación y se dejó caer en el suelo, llorando de dolor y vencido por la debilidad.
Ingrid intentó levantarlo y apoyarlo sobre sus hombros para ayudarlo a regresar a casa pero su amigo oponía resistencia. La diosa desapareció sin más, al igual de la caja. Entonces, justo donde había estado Cirimel, se paró un muchacho que parecía haber salido corriendo de su casa al oír el escándalo. Rekemel había dejado de gritar pero sollozaba en silencio, descontrolado por el dolor. No sabía qué le había sucedido ni qué era esa caja pero una ola de odio hacia esa diosa le invadía el corazón.
El muchacho que acababa de llegar alzó a Rekemel en brazos y le pidió a Ingrid que lo acompañase a su casa. La mujer se hubiese negado de no haber visto, aun en la oscuridad, aquella mirada bondadosa e inocente de este extraño. Le sonrió forzadamente porque la preocupación la dominaba y siguió al extraño, corriendo porque los pasos apresurados de éste equivalían a una buena corrida de la mujer.
Continuará...

1 comentario:

  1. Ah, interesante relato por lo que llevas (y apenas el principio :)), veamos en que se desarrolla esta trama con diosas de luna, cajas y otras locuras. Muy ameno.


    Saludos. :D

    -L.

    http://diariomalnacido.blogspot.com
    http://orgasmo-agridulce.blogspot.com

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