Bueno, aquí va la 3 parte del capítulo... Espero que les guste (todavía no consigo hacerla más corta porque es una novela, no un cuento) pero bueno, al menos es más fácil de leer así
Pero Thelma no sólo era una tierna muñeca sino también era mensajera de amor y ternura. Sacaba todos los días a su amigo a “pasear” y le enseñaba cosas que él sabía que existían pero que jamás había experimentado: lo llevaba a mirar los patos en el lago (que por fuera se veían tranquilos y por dentro pataleaban locamente para mantenerse a flote), a los payasos de circo (cuya sonrisa sólo estaba pintada en su rostro), a unas mujeres vestidas de reinas, provenientes de “familias bien” que hablaban de maridos infieles y de vacío existencial.
- ¿Cómo sabés vos de esas cosas si solamente tenés siete años? – le preguntó Rekemel, angustiado de ver algo que nunca había visto. ¿Cómo personas que lo tenían todo podían ser infelices? ¿Cómo sabía Thelma de cosas tan profundas si apenas estaba aprendiendo a hacer divisiones en el colegio?
- Es que no siempre fui una niña. Yo era una chica silenciosa pero después de una desgracia, alguien me convirtió en chiquita para que ya no pudiese decir nada. – explicó Thelma, en tono triste.
- Yo tampoco fui siempre un niño. – Explicó Rekemel, con sinceridad. – hace cinco años perdí la memoria y ya no sé quién soy. También tengo miedo de averiguarlo. Nojucon me dijo que le gustaba el nombre Rekemel así que lo acepté.
Pero hablar de identidad le daba a Rekemel dolor de cabeza… Nojucon lo obligaba a recordar su pasado pero, cuando algo venía a la mente del chico, éste se desesperaba y empezaba a llorar sin saber si era por el miedo a recordar o por lo que había recordado… una puñalada por detrás y todo era oscuridad y confusión… ¡No! Las lágrimas acudían a los ojos del chico para sacarlo de un horrible estado de hipnosis. ¿Y si a Thelma le pasaba lo mismo? Tal vez ella tampoco quería recordar y el muchacho no la obligaría.
- ¿Sabés por qué volviste tan contento del orfanato cuando yo te saludé? – inquirió la pequeña, en tono misterioso.
- Porque vos me quisiste consolar… nunca me había sentido así antes.
- La felicidad viene de tantos lados que uno nunca termina de entender por qué es feliz cuando vienen las desgracias.
A lo lejos, Thelma y Rekemel vieron a un niño golpear a otro más pequeño sólo para mostrarle quién era más fuerte. Rekemel se acercó al matón, se interpuso entre éste y el niño más pequeño. El niño matón golpeó a Rekemel en un ojo y luego en las dos mejillas pero éste no dio señales de sentir dolor.
- ¿No le tenés miedo al diablo? – le preguntó Rekemel al chico grande.
- Sí, mi mamá me dijo que se lleva a los chicos malos y feos.
- Yo soy el diablo – Rekemel adquirió una apariencia de bestia repugnante con voz desgarradora. – ¿Querés dar un paseo conmigo y me explicás por qué le pegabas a ese nene?
- ¡No, gracias! – el niño matón salió corriendo y Rekemel volvió a la normalidad. El niño más pequeño sonrió aliviado mientras murmuraba algo de que por fin podría comprar caramelos sin que le robaran su dinero antes. Tenía aspecto de ser muy pobre y su sonrisa era tan amplia que Rekemel sintió felicidad propia de haber hecho algo bien.
Año 1947
Desde ese momento, Rekemel y Thelma se dedicaron a ayudar a quien los necesitara. Como tenían magia, todo resultaba más simple. Así se hicieron amigos de mucha gente que, al verlos, siempre los invitaba a pasar un rato con ellos y a comer algo. Thelma jamás rechazaba nada porque era amante de la comida pero su amigo se ponía rojo y trataba de medirse porque su apariencia rechoncha le hacía pensar a la gente que comía de más. Al ver esto, Thelma se reía y lo abrazaba.
Dos de las experiencias más divertidas de Rekemel fueron la vez que tuvo que enseñarles a volar en escoba a unos niños. Claro que era Thelma la que tenía un poco de experiencia y la que dominaba la escoba con bastante gracia porque Rekemel no hacía más que payasear.
- ¡Sí, vamos! ¡Más velocidad, más viento, más potencia! – gritaba él, entusiasmado, montado sobre la escoba.
- Bueno, dale, ahora pateás y te elevás en el aire. – le indicó su amiga mientras los otros niños se reían.
- ¿Tengo que hacerlo? En el piso es más seguro, no te podés caer. – replicó Rekemel, dejando de hacer girar su brazo como si fuera una aspa de molino pero sin despegar los pies del suelo.
- Hacela flotar, al menos. – pero, apenas la escoba empezó a flotar, Rekemel se asustó, rodó y quedó colgado de la escoba boca abajo y sujetándose con los pies. Entonces, la escoba empezó a cobrar más y más altura. – ¡Bueno, ahora ponete boca arriba o te vas a caer!
- ¿Qué? ¿Qué ponga la boca adónde? – La escoba frenó en seco y dio una sacudida en el aire que hizo que el “jinete” se soltara y cayera en picado. Abajo, todos los niños se reunieron para atajarlo pero, de pronto, unas alas salieron de la espalda de Rekemel y éste se elevó en el aire majestuosamente cual si fuera un ángel. Todos lo miraron admirados pero Thelma parecía un poco exasperada por la presunción. Su amigo bajó suavemente y se paró frente a ella. La niña lo empujó al suelo y se alejó de todos.
Rekemel se levantó del suelo con dificultad y corrió hacia ella olvidándose de los otros niños. La tomó del brazo, se acercó peligrosamente a ella y la miró a los ojos:
- ¿Qué te pasa? ¡No hice nada malo! ¡Solamente me cansé de pasar vergüenza! – le dijo, enfadado. La niña bajó la mirada y se quedó en silencio. – ¿Qué pasa? Nos estábamos divirtiendo. A los chicos les encantó.
- No, perdoname. – se disculpó la niña, mirándolo a los ojos con tristeza y cariño. – Es que me hiciste acordar a otra persona… y antes vos también eras así, a veces…
- ¿Me conocías de antes?
Srita. Bombom, no pare, siga, por favor.
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-L.