Después de mucho tiempo, he vueltoooo!!!! para seguir publicando la historia. Espero q me perdonen la tardanza. Besos
- Silencio, no digas nada. – Entonces, Thelma lo abrazó de una forma que Rekemel nunca había imaginado. En ese abrazo no estaba el cariño de una niña de siete años… en ese abrazo había amor… ¿Quién era Thelma? ¿Qué había significado para él? ¿Se habían amado en el pasado? ¿Ella lo había amado en secreto y sólo ahora se atrevía a demostrárselo?
- Quiero crecer a tu ritmo. – Le dijo Rekemel, entonces – no quiero ser Peter Pan.
Y el otro momento inolvidable fue cuando, tratando de unir a una pareja que se amaba pero no se atrevía a demostrarse su amor, ambos se miraron a los ojos y vieron detrás de ellos a la persona escondida detrás de la máscara. Sin embargo, Rekemel no sabía a quién veía Thelma a través de él ni quién era la chica que se escondía detrás de los ojos de ella.
- Tenés que mirarla a los ojos… - decía Rekemel al muchacho mientras actuaba la escena junto a Thelma frente a la enamorada del chico y, entonces… se encontraron sus espíritus…
- Sonreile, mirá cómo sufre al no saber lo que sentís, no tengas miedo de mostrarle cuánto lo amás – decía Thelma, sonriéndole a Rekemel con un amor que éste no recordaba haber recibido jamás.
- Y, cuando estén bien cerca mirándose a los ojos, le das un beso… - pero, cuando Rekemel iba a besarla, ella miró a la chica y le dijo:
- ¿Entendés? Ahora hacelo vos. Y no te acobardes, ¿eh? – y así Rekemel y Thelma se separaron…
- Pero, si vos me conocías de antes… ¿Quién era yo? ¿Cómo era? – preguntó Rekemel una noche bajo las estrellas, sentados en la verja de entrada del orfanato.
- Bueno, vos eras… más inmaduro, bastante egoísta, violento, a veces te agrandabas, eras dramático… - al ver la reacción decepcionada de Rekemel, Thelma procedió de distinta manera sin dejar de lado la sinceridad – bueno, bastante sensible… dulce por momentos, tímido, romántico…
- ¿Romántico? ¿Ya estuvimos juntos nosotros dos?
- Bueno, en realidad, no. – Repuso la niña, ruborizándose ligeramente.
- ¿Y cómo sabés, entonces que yo era así?
- Y… no sé si se te daba eso de regalar flores pero eras cortés y siempre valorabas la belleza exterior e interior, le dabas mucha importancia a los sentimientos. – su amigo sonrió pero, en lugar de sonrojarse como Thelma esperaba y deseaba, palideció.
- ¿Yo era así? – inquirió mientras sus ojos brillaban como luceros y su voz estaba cargada de una emoción triste. Parecía a punto de echarse a llorar.
- Sí, tenías ese lado dulce y también tu lado amargo.
- Dame un beso. – pidió Rekemel, con voz entrecortada.
- Pero somos chiquitos, van a pensar mal. – replicó Thelma, mirando con nerviosismo hacia la ventana del orfanato que daba a la calle.
- Nadie nos ve. Dale, por favor. – Pero, cuando los labios de Thelma estaban cerca de los de él…
- ¡¿Qué están haciendo ustedes dos?! – gritó la voz de Lolita, parada frente a ellos con las manos en la cintura y los labios tensos. Había fiereza en sus ojos y severidad en su mirada. Era como si los hubiese descubierto su madre. Los ojos de Rekemel perdieron su brillo al instante y los enamorados se separaron, nerviosos. - ¡Le voy a decir todo a la Rosa! – La Rosa era la encargada de los huérfanos.
- ¿Qué le vas a decir a la Rosa? – inquirió Thelma, parándose frente a ella, desafiante.
- Que se estaban besando ustedes dos.
- ¿Y qué ganás con eso? ¿Qué tiene de malo que nos besemos?
- ¡Que sos muy chiquita y Rekemel parece un nene pero tiene como veinticinco años!
- ¡Yo tengo veinticuatro, gringa, así que dejame en paz! – Thelma estaba realmente indignada por la interrupción.
- ¡Y que no me gusta que estén juntos!
- ¡Vamos, Ren, donde no nos molesten! – Thelma tomó la mano de Rekemel y lo arrastró corriendo por lugares oscuros y solitarios mientras Lolita gritaba encolerizada pero no se movía del lugar.
Llegaron a una casa oscura y solitaria que se caía a pedazos y cuyas ventanas estaban bloqueadas con maderas. La casa tenía dos pisos pero parecía habitada por fantasmas. El jardín delantero estaba invadido por la maleza pero también tenía zonas en donde estaba todo quemado para matar los bichos y ratas que pudiesen hacer sus nidos allí. No había faroles encendidos en la cercanía y el ambiente era verdaderamente tenebroso.
- Entremos acá. – sugirió Thelma, decidida. – Acá vas a poder descubrir quién eras.
Rekemel, al ver la casa, se paró en seco y se quedó paralizado por un miedo que no había sentido cuando había mirado la casa por primera vez. Ninguno de sus miembros le respondía. Un sudor frío le corría por el rostro y tenía la piel de gallina. Al verlo, Thelma se acercó a él y le tomó la mano con un suave “dale, vamos” pero él no se movía. La niña lo empujó hacia la puerta, la abrió con magia y lo hizo entrar en el oscuro pasillo. Rekemel no podía articular palabra. El pánico le impedía mover un músculo de la cara. Unos gritos provenientes de un cuarto lejano le permitieron a Rekemel reaccionar y salir corriendo dejando a Thelma sola adentro de la casa.
¿Adónde iba? ¿Por qué? ¿Por qué no regresaba por su amiga? Pero no podía. Algo le impedía regresar. ¿Acaso no quería recordar quién era? ¿Tanto miedo tenía? ¿Alguna voz secreta le había ordenado correr precipitadamente sin mirar atrás? ¿Había sido Toltucam? ¿Acaso esperaba encontrárselo a él en la casa? Pero, si era así ¿Por qué había dejado a Thelma a merced de ese demonio? Ya era tarde… estaba acostado en su cama temblando como una hoja y absteniéndose de sollozar. Nunca perdonaría a Thelma por haberlo hecho entrar ahí a pesar de su miedo. Nunca porque estaba furioso con ella.
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