Bueno, para mis seguidores, acá va el capítulo 2 verdadero. Espero tengan más comprensión hacia mi protagonista que la que tuvo mi novio, jajaja. Rekemel es la clase de personaje que valora más lo que siente que lo que piensa... por eso, a veces comete estupideces que no cometería alguien con la sangre fría necesaria para afrontar su situación.
El espíritu que susurraba al oído
De repente, la pared detrás de la cual se escondían Rekemel y Lolita se desintegró y ellos cayeron dentro del living. Nojucon les dirigió una sonrisa sarcástica y dijo, riendo:
- Sabía que estaban ahí. La casa no se desmorona sola. – Los niños se pusieron rojos como un pimiento. – ¡Vamos, váyanse a dormir si no quieren que me enoje más de lo que ya estoy! ¡Vamos! – los niños salieron corriendo hacia sus cuartos mientras Nojucon fingía echarlos de una patada.
- ¿Qué tenés en la muñeca? ¿Un tatuaje? – preguntó Ingrid, con curiosidad, tomando la muñeca de su esposo mientras lo obligaba a volver a sentarse con ella. Nojucon tenía un dibujo extraño que, de lejos parecía una mancha negra pero de cerca se notaba que era un payaso con una lágrima en la cara. Era diminuto, pocos realmente se daban cuenta de que lo tenía y, como el hombre tenía siempre camisas o túnicas con mangas largas, no era fácil de ver.
- Ah, ¿esto? Es un estigma. – contestó Nojucon, con tranquilidad. Toda su vida había esperado que alguien le preguntase por ese estigma porque resultaba ser la única justificación a su extrema sensibilidad. – Lo tengo desde los trece años. Fue parte del precio que pagué por recuperar la mitad de mi rostro.
- ¿Y qué hace? – Ingrid intentaba distraer a su amado de la preocupación que hacía unos minutos había revolucionado la casa.
- Hace que todo duela más. Cualquier dolor (espiritual o físico) suave se vuelve fuerte y cualquier dolor fuerte, insoportable. Por eso me ves llorar más de la cuenta.
- Vos lo que querés es hacerte el héroe.
- ¿Para qué? Ya soy un héroe. Soy un guerrero y muy poderoso. El único que se atrevió a enfrentar a Jeremías. – Jeremías era un demonio muy cruel y desagradable que había dedicado su vida a destruir a las personas por dentro y por fuera. Era despreciable porque sólo le interesaba el poder, no conocía más lágrimas que las de rabia, arruinaba la vida de los seldenes más poderosos para así aprovechar ese momento de debilidad y corromperlos. No era tan poderoso física como mentalmente. Pocos de sus secuaces se habían atrevido a contradecirlo y no habían tenido suerte pese a haber sido más poderosos que Jeremías. Este demonio jamás dejaba ir a ninguno de sus “socios” y los perseguía de por vida hasta tenerlos de vuelta: sus armas no eran la humillación y la súplica sino la extorsión, la mano dura de los demás socios y el poder que conseguía tener sobre la vida de aquel que pretendía tener en su equipo (incluso quienes habían logrado escapar de él en un momento de descuido).
Nojucon e Ingrid habían tenido la desgracia de haber sido pretendidos por este individuo y obligados a ser sus socios. Así se habían conocido y se habían enamorado pensando en la forma de acabar con este demonio. Nojucon había logrado matar a Jeremías de una vez y por eso ahora en la ciudad lo consideraban el guerrero más poderoso. Así, tanto él como su mujer empezaron a obrar de guerreros dispuestos a defender la gran ciudad de las amenazas. No eran los únicos héroes de la ciudad pero sí la última esperanza de la gente (además de la diosa Cirimel).
Sin embargo, la muerte de Jeremías terminó siendo poco al lado de la amenaza que residía en la ciudad en esos tiempos: Toltucam, un nuevo demonio parecido en muchas cosas a Jeremías, había terminado por ocupar su lugar. Tan cruel como él, tan despiadado, tan dedicado a arruinar vidas o simplemente a tomarlas, tan tenebroso y tan poderoso como él (o más) pero también más temido, era el terror de niños y adultos. Sus ojos eran dos ventanas al infierno, a la misma oscuridad que habitaba su corazón. Era casi invencible para todos excepto para la diosa Cirimel (quien lo burlaba con increíble facilidad) y para la Infalible Espada de la Justicia de Nojucon (así llamada porque nadie estaba seguro de si la espada se manejaba por sí sola o si era Nojucon quien tenía un dominio imposible de imitar) que le había dejado todas las cicatrices que desfiguraban el rostro de este demonio.
Pocos le habían visto la cara y casi nadie se había dado cuenta de que semejante demonio era apenas un muchacho de dieciocho años que, además, aparentaba mucho menos. Tenía varios secuaces pero ellos lo apoyaban por su propia voluntad y, si se cambiaban de bando o se aburrían de hacer el mal, Toltucam se olvidaba de ellos a menos que lo enfrentasen (entonces, les daba muerte). Tres personas estaban bajo su custodia pero nadie había tratado con ellos. Para todo el mundo, el rostro de estas dos personas era una imagen tan difusa que, de haberlas visto por la calle, jamás las hubieran reconocido.
Entonces, Ingrid vio unas cortinas negras en la pared de enfrente del sofá y se aproximó a ellas para descubrirlas y ver qué había detrás. Ella sabía que allí no había una ventana porque la casa era subterránea (después de que Nojucon la había abandonado muchos años atrás, ésta se había hundido y la única entrada que había estaba en el piso superior de la enorme casa).
- ¿Y esto? – preguntó ella, mirando a su marido, pasmada.
- Juro que no sabía que estaba ahí… acaba de aparecer… atrás había otro cuadro… - explicó él, horrorizado.
Rekemel llegó y vio el retrato de un ser con una capucha negra, las manos llenas de sangre y los ojos rojos como el fuego. Palideció y se dejó caer en el suelo, temblando de pánico. No le quitaba la mirada de encima pero sus ojos reflejaban horror y su cuerpo no le respondía. Dentro de su cabeza, alguien le decía “¡es ése, es ése! ¡Así era! ¡Dale vida! ¡Dale vida!” y Rekemel intentaba levantarse del suelo pero no podía porque los temblores le impedían moverse.
- ¿Podés esconder el cuadro? – le gritó Nojucon a su esposa, en tono de reproche mientras ayudaba a su amigo a levantarse del suelo. - ¿Cómo te sentís? ¿Te duele algo? ¿A quien le estabas hablando anoche?
- No sé… me hablaba en la cabeza y me mostraba cosas horribles… creo que es… ése de la pared… el del cuadro – contestó Rekemel, dejándose ayudar por su amigo y padre adoptivo. Nojucon lo llevó a la cama del chico con apariencia de niño y lo hizo acostarse. – ¡Me dijo “es ése, es ése, dale vida”! Él quiere volver… y yo no quiero… me hace hacer cosas… cosas de su vida que yo no entiendo…
- ¿Pero la gente cree que sos él? – inquirió el guerrero, sentándose en la cama y llenó una jarra con agua. – Contame todo.
- ¿No te vas a enojar? – la voz de Rekemel tembló.
- No, no empieces a llorar que ya sos grande. Parecés de siete años pero tenés muchos más años. Tranquilizate y contame lo que pasa… y no quiero ver ninguna lágrima.
- Bueno… empezó cuando te hablé mal sin querer. Te dije cosas que ni yo sabía y… no eran cosas que yo pensaba, yo te iba a pedir disculpas… pero cuando me fui a dormir, todo empeoró. Vivía soñando con un tipo con cara de cadáver que me decía cosas llenas de odio y yo no podía dejar de escucharlo porque estaba atado y encerrado en un cuarto todo blanco… y yo entendía todo lo que me decía y me daban ganas de morirme ahí mismo… - los labios del muchacho temblaban sin cesar y parecía a punto de echarse a llorar. Nojucon le pegó un suave puñetazo en la mejilla, lleno de bronca por ver a un chico deshacerse tan fácilmente. Rekemel pareció entender el gesto porque se llenó de ira y empezó a contar las cosas como quien es obligado a hablar contra su voluntad.
- Morirte… claro. Me parece muy extremo. Bueno, ¿y?
- Me desperté y la voz seguía ahí diciéndome que no valgo nada y que él me va a hacer valer algo. Me hizo ir a la casa de una chica que había sido su novia y decirle que la promesa seguía pendiente (no sé qué promesa). Ella tenía dos hijos y un marido muy malvado que le gritaba pero ella no lloraba sino que lo ignoraba.
- ¿Y él te confundió con aquel tipo?
- No, al toque se dio cuenta de que no era ése que me hablaba porque me dio un mensaje para él. No sé qué me dijo porque parece que la voz la escuchó aunque no dijo nada hasta que la dejamos de ver. Al principio la voz parecía ser mi amiga y decía que, ya que vivía en mí, tendría mi nombre pero que luego se haría llamar Toltucam. Después me defendió de un tipo que me quería matar y consiguió dejarlo sin ganas de molestarme de vuelta. Y después me empezó a amenazar y a decir cosas horribles de vos, de Ingrid, de Lolita… ¡Cómo la odia a Lolita!
- ¿Todo eso pasó hoy?
- Sí y hay más. Mientras más caso le hacía, más distante se oía la voz pero también más potente y autoritaria. Me decía que me iba a dejar solo si le daba vida aparte y poder para sostenerse.
- ¿Y lo vas a hacer?
- Sí, con tal de que me deje en paz… - Rekemel se veía entre convencido e irritado.
- ¿Tenés idea de quién es Toltucam?
- No, no tengo idea. Todos hablan y hablan de cómo vivió y cómo murió pero nunca lo había visto antes de ver el cuadro.
- ¡¿Y con todo lo que oíste no te bastó para saber quién era?! – El guerrero se puso de pie, de un salto y lo penetró con la mirada. - ¡Es un demonio! ¡No le podés dar poder e independencia! ¡Va a volver a hacer maldades! ¡Era un demonio! ¡Es un demonio! ¡Va a volver a matar!
- ¡¿Y qué querés que haga?! ¡No me deja dormir, no me deja ni pensar! Me habla, me habla, me habla, me amenaza y me dice cosas horribles de todo el mundo… y no se va nunca. ¡En algún momento va a hacer todo por mí y yo voy a ser el culpable! ¡Si le doy poder, al menos va a hacer todo por su cuenta! – Rekemel ahora hablaba por sí mismo y tenía las mejillas rojas porque sentía rabia y vergüenza de sí mismo a la vez.
- ¡Pero si depende de vos, vos deberías poder ponerle un límite! ¡Sí, separate de él pero no le des poder!
- ¡Ya es tarde! ¡Ya tiene poder sobre mí! ¡Actúa en mi lugar, usa mi magia y me la roba! ¡Lo dejaría si pudiera evitarlo pero no puedo!
- ¿Vos querés que vuelva a lastimar gente? ¿Te querés librar de él y darle poder o dejarlo sin nada?
- ¡No quiero lastimar a nadie ni quiero que él lo haga! ¡No quiero que tenga mi magia pero no puedo evitarlo y sí, me quiero librar de él a toda costa!
- Tal vez tengas algo de él. Algo como… ese anillo azul que ahora tenés en el dedo pulgar… ¿de dónde lo sacaste y dónde está el tuyo? ¿No sabés que es eso lo que te puede estar atando al demonio?
- No me lo puedo sacar, tengo los dedos hinchados todo el tiempo, es imposible. – Nojucon le dio otro puñetazo en la mejilla izquierda y le dejó un moretón.
- ¡Mentís! ¡Sacátelo!
- ¡No me lo puedo sacar! Si no tengo el mío, me voy a morir de a poco… ¡No sé quién tiene el mío, el que era de oro! ¡Cuando desperté, ya no lo tenía y encontré éste cerca de donde me encontraron! ¡Es lo único que tengo! – se atajaba el chico, poniéndose más rojo.
El anillo del que ellos hablaban era la única vestimenta que tenían los seldenes cuando no tenían apariencia humana. Sin él, ellos quedaban vulnerables y desprotegidos por lo que era más sencillo matarlos. Aun así, era imposible robarle el anillo a un seldén a menos que se le cortara su larga cola (que era donde lo tenían). La única forma de separarse del anillo era que el seldén se lo entregara voluntariamente a alguien en quien confiaban. Esta persona no se podía sacar el anillo a menos que el verdadero dueño lo consintiera con todo su ser.
- Sólo puede tenerlo alguien a quien se lo diste voluntariamente. Buscalo y pedíselo. Podría estar en cualquier parte pero, mientras tengas eso, vas a estar vinculado al demonio, ¿entendés?
- ¡Basta, no me grités más! ¡No te quiero escuchar! – Rekemel saltó de la cama y salió corriendo del cuarto.
Nojucon intentó seguirlo pero una figura le bloqueó la puerta. Frente a sus ojos apareció la misma Cirimel con su vestido plateado casi blanco e incandescente y su cabello negro como la noche. Su mirada dulce pero triste conmovió a Nojucon pero su presencia imponente lo obligó a mantener distancia física. La diosa parecía tener el mismo sentimiento porque no se aproximó a él. Después de todo, el mismo Nojucon le había designado la misión de cuidar al mundo de Toltucam y para eso le había dado el poder de los rayos de luna. Sin embargo, Nojucon no esperaba encontrarla convertida en la mismísima Diosa de la Luna y Cirimel no sentía la confianza suficiente como para tratarlo como si fuese uno de sus adoradores. Ni siquiera se atrevía a tocarlo.
- Qué bella estás. Y tu juventud acentúa tu casi divinidad. – le dijo Nojucon, admirado. Para su sorpresa, Cirimel se ruborizó y eso le recordó al guerrero que ella no era una verdadera divinidad sino que antes de ser diosa había sido una chica de su especie común y corriente.
- Acordate de que no soy una diosa y no soy digna de alabanza. Sólo hago lo que me encomendaste. Proteger a la gente inocente del demonio.
- Es verdad pero no imaginaba que tu poder te hiciese florecer de esta manera. Ah, Diosa de la Luna, cómo cuesta mirarte a los ojos y no ver en vos a aquélla que me rompió el corazón en su tan temprana infancia. – Efectivamente, Nojucon no miraba a los ojos a la diosa sino que admiraba su vestido, su cabello y sus manos. – Es por eso que prefiero no mirarte…
Rekemel ahora se hallaba en el cuarto de la bebé de la familia. Era tan fuerte y hermosa. Tenía ojos del color del mar y mejillas rojas como manzanas. Reía mucho más de lo que lloraba y siempre miraba atentamente lo que se hallaba a su alrededor. Rekemel siempre recibía una sonrisa alegre de la pequeña y era por eso que, cuando estaba triste, siempre la iba a ver y dejaba que le alegrara la vida con su contagiosa risa. Malina, la niña, parecía tener idea perfecta de que estaba siendo observada y por eso le gustaba hacer payasadas. En nada se parecía al triste Elihov (si es que era cierto que, como decía Ingrid, era hijo de Nojucon).
Entonces, Nojucon entró al cuarto pero ahora se veía más calmado y parecía dominado por la culpa. Rekemel lo miró por unos segundos y luego se quedó mirando el suelo.
- Perdoname por tratarte así. Te prometo que voy a buscar tu anillo para que puedas separarte de Toltucam. Vos, mientras, cuidate y cuidá a los demás de él. No dejes que lastime a nadie ni que te lastime a vos.
Lolita entró en el cuarto llorando porque se le había caído una muñeca de porcelana y se había hecho pedazos y Rekemel, al verla, fingió interés por ella y fue a poner orden. ¡Qué niña tan revoltosa! Si Toltucam había pensado en deshacerse de ella, razones no le faltaban. Pero Rekemel no dejaría que nadie lastimara a una pequeña inocente (no tan culpable como para merecer la muerte, al menos).
En la noche, Nojucon escuchó a Rekemel llorar desconsolado y horrorizado. “No, no, no quiero ir” y otra voz le respondía “¡Andá! Yo te voy a llevar, te voy a mostrar lo que fui”, y también “No me interesa lo que fuiste, no quiero participar ni te voy a ayudar”
Una imagen se dibujó en el espejo, la misma imagen que Rekemel había visto en el retrato pero ahora se movía y tenía más vida.
- No seas tonto, no te vas a escapar de mí fácilmente. Yo puedo hacer lo que quiera con tu vida. Puedo lastimar a todos los que vos amás y te aseguro que, mientras más me escuchás, defectito, más poder tengo sobre vos. ¿No me ves en el espejo? ¿No me ves detrás de vos? – el chico se dio vuelta y vio detrás de él a quien proyectaba su imagen en el espejo. – No necesito tu consentimiento para hacer lo que me dé la gana. Y ahora andá o algo muy malo le va a pasar a Lolita.
El chico desapareció y vio miles de lugares donde reinaba la oscuridad, el horror, el olor a muerte, las ratas, la sangre, la podredumbre y los gritos de dolor que perforaban los oídos. Distintos lugares de la ciudad que Rekemel creía conocer a la perfección se habían convertido en un nuevo mundo de ultratumba donde la misma gente humilde de vestiduras andrajosas parecía haberse convertido en muertos vivientes. Rekemel sentía que estaba dentro de una verdadera pesadilla. Intentó escapar y regresar a su casa pero, por mucho que caminaba, jamás salía de ese horrible barrio. No podía contener los sollozos de horror y lo peor era que las brujas y magos lo gozaban:
- Hace tanto que por acá no aparecía un bebé con olor a perfume. – decía una horrible bruja llena de verrugas y con los dientes ennegrecidos, en tono burlón. – ¿Cuántos años tenés, bebé?
- Diecinueve, me dijeron – sollozó el chico, que tenía la apariencia de un niño de siete años. Al oírlo, todos los que lo rodeaban por ser diferente a lo que se había visto en ese barrio se rieron a carcajadas maliciosas. Hasta un niño que pasaba por ahí se atrevió a empujarlo y otro, que tenía un huevo podrido en la mano, se lo reventó en el pecho y éste se convirtió en sangre.
- ¿Y quién te trajo a nuestro lugar secreto? – preguntó una chica joven pero despeinada y toda sucia. Usaba una pollera muy corta pero tenía las piernas velludas. – ¿Bomboncito? Sos muy… lloroncito. Acá solo vienen los chicos malos.
- ¡¿Qué nos has traído acá, Toltucam?! ¡¿Por qué traés a este bebé llorón?! ¡Creí que nos ibas a traer a tu redención! – gritó un viejo barbudo que llevaba un horrendo y maloliente abrigo de piel de rata.
- ¡Ésta es mi redención! – explicó la voz que había guiado a Rekemel hasta ese lugar. Ésta se escuchaba distante ahora y no era ya la suya. Detrás de Rekemel se sentía un frío escalofriante y el chico supo que ese Toltucam ya se había separado de él. – Así como lo ven, es perfecto para tomar de él lo que necesito. Esas lagrimitas son engañosas. Este niño es muy poderoso y yo sólo necesito su poder y su capacidad para mantenerme vivo.
- ¿”Esto” te va a mantener vivo a vos? – se burló la chica, con una sonrisa desagradable.
- Ríanse todo lo que quieran. – replicó Toltucam, con tranquilidad. – Ya verán que él es todo lo que necesito. No es un comodín pero es un as. Parece el más pequeño pero es el más grande. Pero antes, necesito separarlo de todo lo que lo hace vulnerable, todo lo que lo hace blando.
- Ya me parecía que así nomás no te servía. – Dijo el viejo tomando un mechón del cabello de Rekemel y rizándolo con sus sucios dedos.
- Mirá si no es un bombón. – comentaba la chica acariciando el rostro del chico con cruel dulzura – blanquito, con ojos negros, pelo finito y ondulado, carita colorada… y la ropa casi impecable. Esas lagrimitas inocentes no conocen todavía lo que es la rabia y el odio, son tan inocentes. ¿No te da lástima arruinarlo?
- Para nada. Su ternura me desagrada demasiado. Lo quiero duro y fuerte, lo quiero negro por dentro y frío como el hielo. – contestaba Toltucam. Rekemel lo miró con detenimiento: El demonio tenía pelo negro y largo hasta los hombros, cara blanca, delgada y llena de cortaduras que sangraban leve pero constantemente, ojos grandes y rojos como linternas y labios hinchados y cortados. Estaba todo cubierto por una capa negra y sólo se veían sus manos huesudas que también sangraban… parecía un vampiro.
- ¡Me quiero ir! – suplicó Rekemel, apoyándose contra la pared inmunda de una casa quemada y ocultando la cara con los brazos que había extendido para poder apoyarse.
- Te dejo ir con una condición. – propuso Toltucam, con una sonrisa cruel. – Aquí nadie tiene dignidad y es por eso que no les importa nada más. Para irte, tenés que soportar una humillación.
- ¿Cuál? – el chico palideció de pronto. Él se reconocía muy poca cosa pero se le ocurrían muchas humillaciones que él no hubiese sido capaz de soportar.
- Quiero que actúes como una mujer.
- Ya actúa como una mujer – se burló un niño que miraba al extraño con curiosidad y desprecio.
- No, igual que un transformado. – repuso Toltucam y Rekemel se puso más blanco que la cera. Un transformado era una persona que por ser homosexual, se convertía directamente en alguien de su sexo opuesto (aunque sus órganos interiores quedaban casi intactos por lo que hacía simple la identificación). Ninguna de las cosas que había Rekemel pensado le parecía más humillante que esto. – Que se vea como mujer. Pero no acá sino en el mundo donde existe y vale el orgullo. En el nuestro. – Asintió el demonio, al tiempo que todos se desternillaban de risa. Entonces, Rekemel tuvo una idea: “si hago una buena actuación, no voy a pasar tanta vergüenza a menos que me descubran”.
El chico apareció en su casa, cara a cara con Lolita. Sintió un repentino temor por ella. ¿Qué tan lejos estaba el demonio de usarla como señuelo para obligarlo a hacer lago terrible o de matarla? La niña pareció adivinar su miedo porque se alejó corriendo en la oscuridad. Rekemel la persiguió por toda la casa, subiendo escaleras, dando portazos y tropezando con muebles y juguetes hasta que finalmente la acorraló en el cuarto que le pertenecía a ella sola. Lolita gritó desenfrenada pero la voz le salía demasiado débil como para que la oyeran.
La historia puede acabar resultando interesante. Pero permíteme un humilde consejo. Deberías de publicar la historia por tramosmás cortos, más asequibles para el lector.
ResponderEliminarUn saludo.
concuerdo con el comentario de raul, luci, tal vez al principio para enganchar el hilo de la historia es mejor contarlo en tramos mas cortos.
ResponderEliminarsaludos